El hábitat del conejo se extiende por la prácticamente totalidad del territorio nacional pero la densidad de sus poblaciones ha oscilado tanto que en pocos años se ha pasado de planes de reintroducción para salvar la especie a combatirlos con permisos especiales para su descaste, muchas veces sin término medio.
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Pocas especies animales tienen la capacidad de pasar de la casi total desaparición en algunas zonas concretas a convertirse en una plaga difícil de controlar en pocos años. El conejo es sin duda una de estas especies cuyo delicado equilibrio lo hace objeto tanto de planes de reintroducción como de descaste, muchas veces, incluso en los mismos lugares.
Este lagomorfo nos ha acompañado en la Península Ibérica durante toda nuestra historia y se ha extendido a prácticamente todos los rincones del mundo. En muchos de ellos se ha introducido de forma intencionada por el hombre por su gran valor cinegético constituyendo también algunos de los mayores errores de la historia como el conocido caso de Australia donde la falta de predadores naturales y competidores por el alimento provocaron una plaga de la que aún no han terminado de recuperarse.
Y es que si algo ha caracterizado a esta especie es su capacidad reproductiva y de adaptación al hábitat capaces de colonizar nuevos territorios en periodos cortos de tiempo. No obstante es de las pocas especies de vertebrados en el reino animal que la hembra puede estar receptiva en cualquier época del año. Junto a esto hay que tener en cuenta que el periodo de gestación es de 30 días en los cuales la madre puede amamantar las crías de un parto anterior lo que le confiere una capacidad de hasta 12 camadas por año, aunque lo más normal es entre 3 y 4 dependiendo, fundamentalmente de la abundancia de alimento.
Esta capacidad reproductora es la que ocasiona que periódicamente se hable de plagas de conejos que, unido a su voracidad y su predilección por los brotes tiernos de los diferentes cultivos agrícolas, ocasionan numerosos daños en la agricultura.
Ejemplo cercano lo tenemos en estos momentos en Castilla-La Mancha donde, ante las dimensiones que están tomando las colonias de estos animales, el Gobierno regional ha aprobado medidas excepcionales para su control. Esto mismo está ocurriendo en varias comunidades autónomas limítrofes con la nuestra como Madrid, Comunidad Valenciana y Castilla y León donde los agricultores temen que con la llegada de la primavera, la época de cría por excelencia, el problema se acreciente.
Esta situación, no es nueva, en los últimos años son muchas las comarcas de nuestra región que han solicitado permisos especiales de caza para reducir su número. Estos permisos se aprovechaban en muchas ocasiones para cazarlos en sus laberínticas madrigueras mediante el hurón y red. Una técnica en la que el depredador se introduce en la madriguera tapando con redes el resto de las salidas para atraparlos en su intento de huir.
Esta modalidad de caza sin muerte era aprovechada para trasladar las capturas a otros territorios donde su presencia estaba en ‘peligro de extinción’ ya que la época de abundancia actual no siempre se ha mantenido en el tiempo. Existe la creencia de que las poblaciones se autorregulan y cuando alcanzan un número excesivo frenan su nivel reproductor ya que como se ha indicado antes, éste depende en gran medida de la disponibilidad de alimento.
Sin embargo al margen de esta ‘autorregulación’, la especie tiene otras amenazas que han llevado en ocasiones a la casi total desaparición de este lagomorfo. No se trata de sus depredadores naturales sino de auténticas epidemias capaces de diezmar sus poblaciones en breve espacio de tiempo.
En los últimos años la mixomatosis y la neumonía hemorragicavírica llegaron a poner en seria amenaza de desaparición a la especie y por consiguiente a algunos de los depredadores más emblemáticos de nuestra tierra que se alimentan de ellos como el águila imperial y el lince ibérico.
La mixomatosis fue introducida de forma artificial en Francia en 1952 para controlar las plagas de conejo desde donde se extendió de forma natural por todo el continente llegando a reducir las poblaciones en un 90 por ciento. Y es que precisamente la tendencia a vivir en grandes comunidades les hace más vulnerable a estas enfermedades víricas transmitidas por parásitos como pulgas o piojos.
Sin tiempo para recuperarse de esta lacra apareció en nuestro país hacia 1988 la neumonía hemorragicavírica que afectaba a individuos más grandes y por consiguiente de mayor valor reproductivo lo que obligó en muchas zonas a elaborar planes para la reintroducción del conejo con el fin de no alterar la cadena trófica. Esta enfermedad es considerada en la actualidad la mayor amenaza para la especie pues los brotes de la misma siguen causando estragos.
La superación de estas enfermedades, tanto de forma natural como las promovidas por el hombre, han provocado que de nuevo que los planes para su reintroducción sean sustituidos por planes de descaste. Encontrar un equilibrio para estas poblaciones parece algo complicado pero a la vez necesario.
OpiniónA una persona como yo que, aunque no nacido, sí se ha criado en un pequeño pueblo de la provincia de Cuenca rodeado de naturaleza; amante de su belleza; agricultor por afición pues es la profesión a la que se ha dedicado mi familia y en la que siempre que puedo ayudo en unas tareas de las que cada día aprendo algo nuevo; apasionado de la caza a la que considero mi único ‘vicio’ ya que en temporada me roba gran parte del poco tiempo libre del que ofrece una profesión como la periodística a la que me dedico profesionalmente; en definitiva a una persona como yo donde confluyen todas las ventajas y perjuicios que puede ocasionar el conejo, adoptar una decisión a favor o en contra de esta especie me resulta bastante complicado.
Sin embargo hay ocasiones en las que no se trata de escoger entre blanco o negro, donde los intereses personales deben estar supeditados a un bien general y donde, aunque parezca difícil, encontrar un equilibrio es la única forma de contentar a todos.
Ahora que los agricultores alzan la voz por que los daños de estos animales amenazan su forma de vida, y con razón, es cuando con más fuerza nos debemos oponer a aquellos que piden su erradicación por cualquier sistema, a cualquier precio. Propuestas para combatirlos mediante infecciones víricas olvidando los errores del pasado que produjo la mixomatosis nos pueden llevar no sólo a la extinción del conejo sino a una alteración profunda del ecosistema que terminaría por afectar a todo el entorno.
En el mimo sentido hay que censurar a quienes por un afán cinegético o comercial ha soltado ejemplares híbridos vacunados que están imponiéndose al conejo autóctono al tiempo que eliminan los depredadores de sus cotos para terminar una mañana de domingo con más piezas en el morral .
Y los ecologistas, que en ocasiones ponen la defensa de los derechos de los animales por encima de los de las personas, tampoco están libres de pecado ya que olvidan que los daños que producen los conejos no son en los cultivos sino en la economía familiar de quienes trabajan y más cuidan el campo.
Por ello sólo sentándonos todos los implicados podremos alcanzar una solución que quizás sea tan simple como tener paciencia dejar actuar a la madre naturaleza que ella sola encontrará el equilibrio, seguro que aunque lenta, antes que nosotros.