
Dicen que, en la guerra, un niño con armas automáticas produce un inmenso terror, no importa que el kalashnikov no tenga balas, basta con que te apunte a la cabeza. La fórmula, la torpeza del guacho y su falta de referentes morales. El miedo es el más poderoso instrumento contra el enemigo; por miedo, la gente reacciona como los conejos y no duda en pisarle las tripas al otro para salvar la piel; hay demasiados ejemplos. El miedo es genético, lo traemos instalado de fábrica y los que mandan lo saben, por esa razón nos apuntan con la escopeta de la reforma laboral a la vez que propagan la creencia de que cualquier reacción insensata contra esta acabará con nuestros huesos en un agujero lleno de mierda; miedo sobre miedo.
Tú te
lo crees; te quedas quieto, inmóvil, sin apenas respirar no vaya a ser que el
monstruo que anida en el fondo de la ciénaga te trague; por eso te convences de
que no hay otra opción: hemos sido malos, el gobierno hace lo que debe, piensas
mientras respiras; parece que cuando te baja la presión de los pulmones te
elevas un poco, por eso precavido inhalas el aire con moderación, un aire que
huele a mierda. A tu lado, en su pozo, un fulano, un intolerante, lo has sabido
porque oyes sus blasfemias. Por efecto de su airada respiración, es una risa
verlo subir y bajar atrapado como está desde el cuello a los pies, tiene tanta gracia
que los espectadores que de tierra firme lo miran y se descojonan al contemplarlo
ahí, derrotado.
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