Domingo, 19 febrero 2012

Días de carnaval

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Blogs | El Tin-Tan de Mangana - José Vicente Ávila 0 Comentarios
Las costumbres y tradiciones pasan de un año para otro con la misma celeridad que caen las hojas del almanaque. En pleno invierno, con albores aún lejanos de primavera, las fechas movibles del calendario nos han traído el jueves lardero, de tan rancia como honda tradición, y las celebraciones del Carnaval, que por Cuenca ha pasado en tantos años como el Guadiana, unas veces aflorando con esplendor, otras en silencio por el ordeno y mando, y las menos porque esa ruptura de la tradición dejó marcada a varias generaciones, hasta que los aires de libertad dejaron salir a la calle la forma de expresión más rompedora que se puede dar tras una máscara y un disfraz, en la que cada cual, sin sonrojo alguno, da rienda suelta a su humor.

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      Los carnavales de Cuenca, como los de toda España, tuvieron siempre esa participación espontánea de poder llevar a cabo durante tres días lo que a cada cual le viniese en gana en desfiles callejeros, bailes de casino o populares. Se pierden en la noche de los tiempos los primeros datos, pero claro queda que entre las fechas de jueves lardero, los carnavales, la cuaresma y la Semana Santa, las tradiciones se sucedían en Cuenca entre el lardo de la grasa del cerdo, la máscara y el alhiguí, el resoli y la vela, más enraizadas sin duda en los días cuaresmales de la levítica ciudad y en sus procesiones de Semana Santa, que pintase José Gutiérrez Solana allá por 1917 para su "España negra".

      Del carnaval de 1837, con sus bailes en el casino, hasta el de hace cien años, poco pudo variar. En 1912, el domingo de carnaval cayó el 18 de febrero, y cuentan las crónicas que aquellas carnestolendas de la fiesta de Momo transcurrieron sin nada más notable que "las tardes grises de sutil airecillo serrano". Por la medio embarrada Carretería paseaban las máscaras, con los guachos detrás del "tío alhiguí", intentando recoger los dulces que lanzaba con su caña. Las serpentinas y el confeti ponían el colorido de aquella típica celebración.
 No faltaba, desde otra perspectiva, la pastoral del prelado de turno sobre tan pagana celebración, organizando incluso alguna parroquia novenas para ahuyentar a los males del Averno. Precisamente en 1912 escribía L. Gante: "Despidámonos del carnaval hasta el año que viene y enviémosle nuestro último adiós flotando entre el último puñado de confeti, al mismo tiempo que damos a regañadientes y con pesadumbre harto notoria, la bienvenida a la austera y centenaria Cuaresma".

      Tras la guerra incivil el carnaval quedó para el olvido, como arrasado por la metralla, salvo algunas excepciones. Hace cincuenta años, en Cuenca ni se hablaba del carnaval. Un repaso a la prensa de 1961 o de 1962 (sólo se publicaba "Ofensiva"), nos da idea de ese silencio hacia una celebración tan antigua. Un detalle de cómo se percibía la llegada del carnaval lo aporta Alonsito, que entonces tenía doce años: "No sabíamos ni que existía el domingo de carnaval; estábamos internados y los domingos nos dejaban salir tres horas por la tarde; la superiora de las monjas, que concedía el permiso, nos daba un duro ("y no los malgastéis") y el visto bueno. Ese domingo nos dijo: "¿Sabéis lo que es hoy?". "Pues no", dijeron los mozalbetes. "Hoy es domingo de carnaval, domingo de pecado. Hoy no hay permiso ni dinero."

      Aquellos niños quedaron marcados por el "domingo de pecado". Cuenca recuperó el carnaval con la llegada de la democracia, primero en los lugares de ocio como las entrañables noches carnavaleras del "Otema", y luego en la calle, en Princesa Zaida, en la Plaza Mayor, en Doctor Galíndez o en Fuente del Oro, barrio pionero del actual carnaval conquense que, pese a la crisis, goza de buen humor, que no es moco de pavo en estos tiempos, con "Napoleón Chamoncete" de pregonero, él siempre que andaba como edil buscando voceros. ¡Que no decaiga!

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