Miércoles, 22 febrero 2012
EDITORIAL
Nadie se llame a engaño: el anunciado pulso general está servido
Marcar como favorita
Enviar por email
Editorial
OBSERVAR cómo se va extendiendo y generalizando el enfrentamiento social, político y sindical sólo permite comprobar que lo anunciado por este medio, hace casi un año. A raíz de la radicalización del movimiento 15-M, con la cercanía de las elecciones autonómicas, lo cual permite todo tipo de interpretaciones y de opiniones, salvo la manifestación de sorpresa.
Mientras las Cortes de Castilla-La Mancha terminaban de dar vía libre a la Ley de Medidas Complementarias para la Aplicación de la Ley de Garantías, rechazando la batería de enmiendas presentadas por la oposición, en numerosos puntos de la región se extendía la protesta por el modo en que la policía actuó en Valencia, en consonancia con la protesta generalizada en todo el país, casualmente, en muchos lugares, frente a las sedes del Partido Popular.
Poco a poco se va extendiendo la idea de que el sistema democrático ha dejado de ser legítimo, y se discute desde la capacidad del Supremo para dictar sentencias, hasta la legitimidad del Parlamento.
Los sindicatos animan a la generalización de los conflictos, y comienzan a conocerse evidencias de que los de Valencia no es tan espontáneo, ni tan estudiantil, como se quiere hacer creer, sin que ello no signifique que la actuación policial deba ser analizada.
Allá por mayo explicábamos que el 15-M se alentaba como plataforma para poner en duda el sistema ante la llegada “inevitable” de una mayoría holgada y absoluta del Partido Popular.
Una victoria anunciada apenas tres años después de caer en desgracia todo un pacto de partidos de toda condición para aislar al partido que representaba al 40 % de los ciudadanos.
Y después de unos años en los que una parte importante del “think tank” socialista se dedicara a revivir y reanimar el conflicto “derecha-izquierda” en clave de Guerra Civil.
El pulso está ahí. Cada uno deberá asumir su responsabilidad, en un momento difícil en el que los ciudadanos están indignados con los recortes, claro; con la subida de impuestos, por supuesto; pero también con lo que se sigue descubriendo de la herencia recibida, y con unos sindicatos que no terminan de limpiar su imagen.