Muy diferentes pintan
los escenarios de los excesos de “la primavera valenciana”, los saboteados por
botellones y otros de los afectados renders
arquitectónicos, con sus escenas de mañanas soleadas, sus árboles, sus farolillas
y sus banquejos ocupados por gentes de distintos colores que sonríen y conviven
en apacible consenso. Y es que la escena urbana es mucho más que la perfecta
parquetematización: se trata de la máxima y milenaria expresión de colaboración
y organización humana, lo que a mandatarios de toda índole empuja a pasar de la
idealización utópica al más atroz de los temores, por lo complicado del
ejercicio de control del más público y auténtico de los espacios. Habilitar
lugares para contemplar las estrellas, para escuchar el discurrir del río, para
perderse, para encontrarse, para jugar y, también, para que la discusión y la
confrontación de criterios y sensibilidades puedan darse en entornos dotados de
garantías políticas, se ha convertido en una de las más importantes tendencias
desde las que el diseño arquitectónico repiensa el espacio público moderno,
hace un siglo en Europa, hace un par de décadas en España. Y, ¿en Cuenca?Desde las obras maestras
de virtuosos del proyecto urbano que transforman la peor barricada en el mejor
sitio donde simplemente dejar pasar el tiempo, sin olvidar las cada vez más
numerosas actuaciones socio-vecinales, fantásticas optimizadoras de recursos,
ilusiones y necesidades, a la informalidad aparente de movimientos sociales,
como la primavera árabe, el 15M u occupy Wall St. Apaguemos los televisores
para asomarnos a las ventanas. La máxima expresión del ser humano, el espacio
de la convivencia, nos espera.