Lunes, 2 abril 2012

Flores de Martes Santo

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Blogs 20:56 | 2 Comentarios
Desde la Plaza del Salvador, mirando hacia Solera, se vislumbra un Martes Santo ideal, como en su día al año se proclama el real. A mano izquierda, el gran capuz, la torre que corona el sagrario de amores nazarenos. A trasmano, “La Esperancilla”, memoria en el almario. Al alcance de la mano, por delante, el esquinado paredón de San Andrés, cortado a tajo, hoz entre hoces. Y por encima, asomando entre un rumor de hiedras, Los Oblatos, la casa en la cual mora el gran Señor de la melena al viento. Y por debajo, además, a la vuelta de Botes, otra casa discreta, hasta hace poco desapercibida, en la que tuvo su resguardo, tiempo ha, La Magdalena. Ya sé que nos falta de los cinco el Bautismo, pero el cercano Júcar presentido es nuestro Jordán verde, aguas arriba, visto por la mirilla de la Puerta de San Juan, el asceta pariente. Todo queda en familia y en la surcada palma de la mano.

     Y cuando en el atardecer suenan tambores y esa Plaza se tiñe de morado y de blanco y de amarillo, sabes que todo vuelve, que bien valió la espera, que es la calle Perdón, que es Cuenca madre abierta.

     Vuela, libre, la nostalgia por la niñez perdida o pervivida. Eran un vivo sinvivir las horas previas, ora escrutando el viejo reloj adelantado, ora observando el cielo caprichoso y cambiante, ora orando.

      Pero antes, el Viernes de Dolores, nos conjuramos los amigos en la escuela y en una tiza hurtada, blanca y larga, escribimos medio grabado a punta de un despuntado bic cristal, el infantil deseo: “no lloverá en Semana Santa”. Y la enterramos en el patio, tesorillo inocente, soluble y frágil… Llovió. Y lloramos, defraudados. No hizo efecto inmediato, y sí al año siguiente, cuando Dios, y por Dios, se apiadó al fin del ansia viva de sus nazarenillos, sacando a relucir limpio de nubes primero el sol y, a su tiempo, la luna recrecida y creciente, ya casi llena, henchida de Pasión.

     Y así tramamos y trabamos con Él una alianza nueva, quizá sólo soñada, vigente hasta que San Juan bajase el dedo. Sí, claro, el Bautista, el nuestro de este Martes, con su índice diestro bien erguido apuntando a lo alto eternamente. El del borrego, como decimos en el argot nada secreto, por el binomio desigual y sinigual: en pie, con gesto grave, tenso su cuerpo enjuto, lección de anatomía, el Precursor; a sus pies, tranquilamente, el corderillo, con gesto divertido y hasta un punto enigmático, cual de Gioconda rara por lanar y pecuaria. Loor debido sea a nuestros animales, tan humilde compaña en sacra Procesión: la Borriquilla serrana y lista, el crestado gallo de la Negación, el robusto caballo de Longinos, el águila que eleva al joven pescador y, decano en el tiempo, cubierto de guedejas, este entrañable símbolo del agnus dei.

     Seguiremos por orden posmoderno, con otra singularidad conquense que extraña a los ajenos para pronto vencer y convencerlos. Según Pedro, la cosa empezó en Galilea. Pero aquí, entre nosotros, se les ocurrió a mis inquietos alumnos de Derecho Romano. Mantenemos bien a gala, ellos y yo, la misma relación del principio y por principios, o sea, muy buena; ahora ya sin exámenes y notas de por medio. Sé que me quieren. Pero conste que no les ayudé a persuadir al sorprendido clero y a la Junta cofrade, valedores velando el ortodoxo canon; sólo voté a favor y fuimos mayoría. Así nació la Hermandad del Bautismo. Memorable la primera salida, bajando por San Pedro entre blasones y silencios, entre rejas y horquillas. Mudaron las demudadas tallas por mor de instauradores. Permaneció un estilo hasta en su andar: golpe de llamada, al hombro y quietos, otro segundo golpe del puntal y marcamos el paso. Y resisten entre inciensos, con marchas de Abel Moreno y, a la zaga, muceta rectoral.

     Todo esto está muy bien. Pero si el Martes Santo, que es de todos, es de alguien en especial un poco más, por gratitud perenne, imprescriptible, no cabe duda: Don Emilio. Y así se lo debemos enseñar a los que ahora se estrenan, ávidos de aprender. Y contarles que le compró la Magdalena al marchante Rabasa, sin poder ocultar su donación, quedándose a dos velas por su Semana Santa; ser sin tener; dar sin pedir. Y que cosió de balde y puso el hilo y el limpio corazón. Y que Dios lo premió con su Matilde, la parrillana lozana y desenvuelta que le alegró el ocaso y la vejez. Eran mis vecinos de abajo, en el piso con justicia por ellos heredado de la prima Conchita, casa alargada y fría, llena de vericuetos y con balcones bajitos a Carretería. Fui un privilegiado. Allí los Pasos les volvían mientras yo contemplaba, en visión cenital y en exclusiva, el peculiar peinado, dibujando curioso caracol en el cabello plata de aquel hombre elegante y decoroso. Y bueno. Hasta el final. Porque Emilio Sáiz Díaz murió un Martes Santo a las ocho de la tarde, con su Magdalena en puertas. Él al cielo. Ella al cielo de Cuenca. Y la vimos venir a visitarlo, a pie de calle, en andas, vestida por él y para él como una hija. Y se hizo un gran silencio, de la vida a la muerte. De la muerte a la Vida. Luego fue ver menguar a Matilde hasta con él reunirse. Y ya no vuelven los Pasos al vacío balcón, del que sigue pendiendo, en su sitio y momento, la misma colgadura morada del ayer. Ya casi ni los paran. Ya casi ni lo saben.

      Y si quieres saber y entender qué es la Semana Santa genuina, lo mejor y más puro, súbete a San Felipe a la caída de la tarde. Atraviesa una permeable muralla granate y malva que, como tú, aguarda. Espera y mira. Las verás llegar y ponerse detrás del Nazareno ya preso y maniatado; del Medinaceli. Son sus penitentas. Sin el capuz armado. Bien cubierta su faz. Llena de cruces su alma. Por ellas hablará la candela encendida, vacilante, en sus manos; su plegaria de amor; su pena en carne viva. Y con ellas verás qué pequeño es el mundo, qué absurdas las miserias; cuán grande la entereza de esas damas ocultas, de esas humildes nazarenas de Cuenca. Las seguirás por fuera; y por dentro, como su procesión, a sus dos lados, un millar de tulipas, como el hilván dorado del verso del poeta; pacientes y sufrientes porque por muchos tramos ni siquiera a su Paso pueden ver. Pero saben que Él sabe que allí están. Como en los viernes de Cuaresma y del año besando su medalla. Y hoy que es su Martes, para caminar juntos.

    Llega la Virgen. Y, con la venia, abro el libro doméstico de las intimidades. Y en su página exacta está mi tío Molina. Todo un caso, ganado. Era un buenazo, popular y sociable; un conquense de pro. Y en La Semana, en dos definiciones, era esta Virgen de verde su cariño y el Jesús de las Seis  su pasión desbordada, hasta el extremo todo. No paraba. Ni siquiera en la vetusta casa de sus padres, en el nueve de Andrés de Cabrera, abierta sin control cual puesto de socorro, y bien visible en ella, un colosal lebrillo repleto de torrijas bañadas en añejo vino; la gloria santa en tierra. Comercial de primera, se las supo apañar para casarse con la guapa Neli, mi tía, y, por ende, tener así por suegra a mi abuela Esperanza. Eso sí que fue una conjunción, en nombre de la madre. Vivían juntos y avenidos. Y el Martes, la apremiaba: “Abuela, déme usted para el manto de la Virgen”. Y claro que le daba, con largueza, de su pensión de viuda.

     Luego veíamos venir la Procesión reunidos en mi casa y él, con mando en plaza, cetro y capa, señalaba maniobra a los banceros para poner a las dos Esperanzas cara a cara. De tú a Tú. Se conmovía mi abuela: “¡Ay, Virgencica mía!”. Y enjugaba las húmedas mejillas con el pañuelo blanco entre las tocas negras, como una Soledad en compañía.

     Mi libro cierro. Y vamos a encerrar. A zancadas alcanzamos el cortejo por Las Torres. Como plegado acordeón, los Pasos van más juntos y casi todo lo puedes abarcar en perspectiva. Subes con ellos. Por delante suena y sueña el “San Juan” de Cabañas, bisado cuatro, cinco, seis veces, hasta llegar a puerto. Y por detrás tiritan de frío los pequeños supérstites tras del liviano raso del capuz.

     Hacia ti, morada santa, nos acercamos para hacer el final a la sapiente voz: horquillas fuera; meteos por dentro; a brazo; bajando más; un poco más; despacio y para dentro; con cuidado; al suelo; vamos, atentos; arriba hacia las mesas; levantando; aguantad; que ya está. Y sólo entonces, los exhaustos abrazos de la euforia.

     Es serena la noche. Hay en el suelo lágrimas de cera y en el cielo titilan las estrellas. Huele a esencia de nardo, a tempranas violetas, jazmín precioso, rosa de abril.

      Retorno a casa con el mejor regalo: una azucena blanca de la Virgen. Que Dios nos guarde, por ellos y por Ella. Díselo tú, fragante, inmarcesible; humilde y bella flor de Martes Santo.

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2 Comentarios
julio cañas
Fecha: Miércoles, 4 abril 2012 a las 11:30
Enhorabuena José Miguel; desde Valencia, me has hecho revivir la SS.- Eres grande y bueno con Cuenca.- 50 como tú y cambiarían las cosas un poco, que hace falta. Gracias por tu dedicación al estudio y transmitir la pasión que los conquenses.
Navalón
Fecha: Miércoles, 4 abril 2012 a las 15:01
Sublime e imprescindible, como Cuenca.
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