
Mi admirado Valle-Inclán haría virguerías con lo que pasa en España. Lo imito. Se abre el telón, Max Estrella, como el pensador de Rodin, está sentado en una silla de niño en mitad del escenario. Un cañón cenital proyecta una luz tan intensa que el poeta ciego es apenas una sombra incierta. Suena el concierto para violín número uno de Alban Berg. La sombra se mueve envuelta por la luz blanca que lentamente se irisa hasta llegar a las tonalidades más oscuras donde el viejo bohemio desaparece a la vez que se desvanecen la luz y la música. Se enciende la radio de válvulas que en todo momento ha estado en el proscenio. Una disertación de Esperanza Aguirre contra los sindicatos que se funde levemente con desmentidos de los ministros calvos hasta que no se entiende nada. Entre tanto cae humo de hielo seco desde el techo y sobre el que se proyecta la imagen de un Chaplin patoso que camina hacia el horizonte. Silencio. La luz imita el inicio de un amanecer de invierno, tenue aunque se intensifica cuando por ambos laterales sale un grupo muy nutrido de gente que grita bajito, llevan banderas de colores inusuales. Una vez sobre la silla bajita que utilizó Máximo, el líder pronunciará un discurso muy gesticulado pero silencioso que es interrumpido frecuentemente por aplausos de los allí congregados. Cuando acaba, se sientan agrupados en el fondo. Hablan cada vez más alto; algunos, sin saber cómo, disponen de guitarras y bandurrias. Suena Suspiros de España del maestro Álvarez Alonso. Oscuridad total. Max reaparece en escena vestido de blanco, un traje inmaculado que por efecto de la luz negra destaca como si de un fantasma se tratase; mira al público, saca un papel que despliega hasta convertirse en algo enorme. Se aclara la voz mientras busca el lugar idóneo para leer el texto, la jota sigue de fondo. Cuando lo encuentra, todo calla. Un cañón de luz, esta vez frontal, lo deslumbra; entonces exclama: «A la mierda, iros todos a la mierda». Telón.