Entre las novedades de este año se celebraron una exhibición de cetrería y de esquileo. No obstante el arrastre de los troncos fue la actividad más seguida, junto con la comida popular
Un descenso de curvas precede y anticipa un paraje de ensueño y naturaleza pura para todos aquellos bohemios que nunca desearon llegar a la urbe. El tiempo y la vida pasan diferente bajo la magnitud del entorno perteneciente al Parque Natural del Alto Tajo encargado cada año, por estas fechas, de acoger en su seno la celebración de unas fiestas que intentan dignificar una tradición que para antiguas generaciones conformaban un oficio, un modo de vida.
La localidad de Peñalén es la encargada este año de organizar en sus terrenos la Fiesta Ganchera. Para la ocasión, la Asociación pidió a la población que desempolvaran sus trajes típicos, “aquellos que vestían a sus padres y abuelos”, para contextualizar estos actos conmemorativos en su decimocuarta edición.
La afluencia de gente desborda los preparativos y sin un número fíjo, la comitiva pepara Comida Popular para mil personas. No es para menos, en el río, actor principal del festejo, se orillan vecinos y foráneos venidos de todos los lugares para vitorear el pasar de los gancheros que ataviados de faja, pantalón y polainas descienden corriente abajo transportando los troncos. Algunos lo intentan, otros lo consiguen. “No tenemos mucha práctica pero aquí estamos. Antiguamente, los gancheros cubrian todo el río de troncos, de manera que no hacía falta atarlos como hacemos ahora. No sabían nadar pero tampoco hacía falta”, sostiene un mozo del lugar.
Origen de los gancheros
Ángel y Teófilo, dos vecinos de la zona recuerdan que se trataba de un oficio arduo y laborioso. “Bajaban los palos hasta Aranjuez. En ocasiones se tiraban cinco meses, desde marzo hasta agosto, aproximadamente, para ganar dos pesetas al día”.
Avelino, ganchero de este año, explica que la fiesta trata de reconocer “un oficio de antaño que tenía como objetivo transportar unos troncos de la única forma posible en esa época”.
Cuentan que los gancheros de entonces eran hombres contratados de Priego, un pueblo cercano de Cuenca. Ellos, acompañados de muchachos que bordeando el cauce cuidaban su ato, eran los encargados de descender con los troncos el río que divide Taravilla de Peñalén. “No se bajaban de los troncos hasta que no los dejaban en Aranjuez”.
Sus últimos días
El último viaje que los gancheros realizaron en el río Tajo data de 1936 bajo el contexto histórico del inicio de la Guerra Civil Española. Emilio, uno de los vecinos con más solera de Peñalén asegura que vio marchar los últimos troncos de madera cuando tenía tan sólo siete años y aunque él no tuvo oportunidad de ser ganchero, viendo esta recreación, siente estar viviendo de nuevo tiempos pasados.
Avelino, joven de la localidad confirma que el último acto ganchero como oficio y no como celebración ronda esos años y comenta que “el último transporte que hicieron los gancheros fue para la tapa de su ataúd”. Estas impactantes declaraciones tienen su explicación en que esos troncos que, como era habitual, se transportaban hasta Aranjuez fueron utilizados para construir las vías del ferrocarril. Transporte que suplantaría al único que hasta el momento existía en la zona. El joven asiente que los transportes utilizados en la guerra después sirvieron para este acto, dejando a los gancheros desprovistos de trabajo.
No obstante, y para que no se pierda esta tradición, ya hay quien desde muy pequeñito “mama” el arte de estas tierras y ataviado con ropita de ganchero vive la fiesta al margen y sin saber aún que dentro de nada, su generación se encargará de dar vida a esta “recreación ganchera”.
Hospitalidad “ganchera”
Aunque en tiempos del oficio ganchero, las mujeres quedaban relegadas a los hogares. En la actualidad, no ocurre así . Al bajar los cuatro kilómetros que separan Peñalén del Area Recreativa “El Vivero”, lugar donde se realizó el arrastre y suelta de troncos así como la saca de los mismos, las mujeres con sus trajes regionales esperaban a la entrada del cauce, acompañadas de un grupo de gaiteros para repartir hospitalariamente rosquillas, chocolate y aguardiente. En el menderendero aguardaban más para aquellos que se atrevían con algún refresco más típico de los años 90 que de los 20 aún así, con el calor, ¿quién podía rechazarlo?
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