EL reinado de Alfonso VIII fue importante para la Historia de España en general, y para la de nuestra tierra en particular por muchos y variados motivos. Pero si hay un hecho que marca este largo reinado es, sin duda, la batalla de Las Navas de Tolosa, de la que hoy, 16 de julio, se cumplen ochocientos años.
Alfonso VIII moriría poco después de aquella campaña que puso fin a la amenaza almohade sobre el resto de la Península Ibérica, dejando el poder africano constreñido a la franja sur de Andalucía y en franca actitud defensiva. Aún así, todavía habrían de pasar casi tres siglos -280 años- hasta la conquista de Granada por los Reyes católicos, lo que unificaba formalmente a la actual España en lo geográfico y en lo dinástico, aunque no en lo institucional.
Las Navas representa el triunfo de la colaboración entre los reinos cristianos peninsulares desde la colaboración en plano de igualdad y bajo el sentimiento de cruzada, y es el culmen de la labor constante de este Rey castellano, pionero en otorgar fueros por escrito a las ciudades conquistadas, y sin cuya labor, no se explican otros reinados fecundos en el entendimiento y el respeto de lo que era la España peninsular en la Edad Media: el de Fernando III el Santo, su nieto, y el del hijo de éste, Alfonso X el Sabio.
Ochocientos años después, sin embargo, seguimos sin superar muchos de las fronteras culturales e ideológicas que se plasmaron en aquella jornada, al tiempo que nuestro desinterés general por la historia de España reduce La Navas a un gran hecho militar o a una sangrienta escabechina. Por ejemplo, nuevamente la idea de la reconquista como una obra nacional, en la cual los cruzados procedentes del norte de los Pirineos fueron despedidos literalmente por su crueldad y brutalidad. No entendían el respeto de los reyes hispanos por las poblaciones peninsulares.
Ochocientos años después, el Islam más radical sigue reclamando Al-Andalus, y por mucho que cambie la situación diplomática, seguimos mirando al corazón de Marruecos como el lugar de donde llegaron las amenazas más graves, alimentadas por el integrismo musulmán.
Ochocientos años más tarde, seguimos dibujando fronteras culturales, adminsitrativas y humanas entre los reinos que un día supieron unir sus fuerzas y sus afanes.