Martes, 31 julio 2012
Aldabonazo
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| José Ángel García
Entiende el columnista que los árboles de la
crisis, tan ahí, tan encima de nosotros, no nos dejen ver el desierto – y verán
enseguida que no va de demasiada metáfora – de otros desastres que, sin
embargo, los tengamos en cuenta o no, también están ahí, siguen estando ahí, a
la vuelta de la esquina, por más que esas otras tan en verdad presentes
premuras los hayan borrado de nuestra más inmediata conciencia e incluso, mucho
es de temer, hayan dado de lado los balbucientes y escasos esfuerzos que
veníamos, mal que bien, llevando a cabo para enfrentarlos. Desastres como el
del cambio climático – o mejor, hablemos más apropiadamente, el del
calentamiento global, ese calentamiento en cuya generación tanto tenemos que
ver los propios alocados humanos – que, sin embargo, ahí sigue, cerniendo su
amenaza sobre nosotros, desde luego, pero sobre todo sobre nuestros
descendientes. Una amenaza que venía a recordarnos un hecho tan llamativo como
el que nos contaban estos días los medios de comunicación: en tan sólo cuatro
jornadas la capa de hielo superficial de Groenlandia se derretía cual helado a
mediodía al borde de la piscina; si el día 8 el deshielo sólo había afectado a
un 40%, cuatro fechas después, la cifra alcanzaba el 97 %, en lo que la NASA, la
agencia espacial estadounidense, cuyos satélites fueron quienes primero detectaron
el alarmante fenómeno, calificó como un “episodio de fusión extrema”
coincidente con la acumulación sobre la isla de una masa de aire anormalmente
cálido. Y aunque hoy por hoy los expertos aún no se han definido sobre si fue
consecuencia de un episodio puntual debido a las peculiares condiciones
meteorológicas detectadas en la zona en las últimas semanas, del cambio
climático que estaría elevando la temperatura en las regiones árticas, o de
ambos factores en comandita, hay que reconocer que bien nos debería servir de
aldabonazo, uno más, para no dar de lado la gravedad de ese fenómeno, el calentamiento
global, que continúa pendiendo cual universal espada de Damocles sobre nuestro mañana
sin que, y menos aún en estos tiempos de aludes económicos, terminemos de
hacerle frente de una manera efectiva, más allá de protocolos y cumbres del
clima la verdad que hasta el momento muy escasamente operantes.