
"Hojas marchitas cayendo en el noviembre sombrío, penas y melancolía, alguna tumba vacía... y personas acudiendo, envueltas en un ¡ Dios mío!, a los campos de reposo para rendir su homenaje a la madre y al esposo, al padre, al nieto y al hijo, que emprendieron largo viaje... un rosario, un crucifijo, cirios y miles de flores, escaleras y oraciones en los regios pabellones... y por los alrededores una inmensa caravana de afligidos visitantes, cocheros y caminantes al despuntar la mañana portando claveles, rosas, geranios de pensamiento, azucenas olorosas, gladiolos... ¡ y sentimiento !.Lápidas y mausoleos brillantes, deslumbradores, lágrimas por los paseos... y el Amor de los Amores regalando luz, templanza, resignación y paciencia: ![[Img #1576]](upload/img/periodico/img_1576.jpg)
El Cristo de la Clemencia humedeciendo los ojos, infinitamente rojos, del gentío, con su elixir, gritando que hay que... ¡ vivir y procurar ser ... valientes... y rezar por los ausentes !.
Encuentros, besos y llantos, lástima, piedad, ternura... ha vuelto a nuestra llanura... ¡ El Día de Todos los Santos !"... y el otoño iba adelante... y llegaban las matanzas... y Natalio, mi queridísimo progenitor, cumplía setenta añitos... y salían telegramas dirigidos a Jesús Vico, el dueño de el "Bazar la Cocina ", la reputada tienda de Mayor, 4... y entre reparto y guardias dobles ( las de Lucas jr. y las mías ) pensaba en el mundo de la interpretación y posaba para la cámara del excelente González y obtenía fotografías de estudio... que enviaba a "Diez Minutos", "Lecturas " y revistas que contenían tele novelas ( la hermana de "Hormiga", el panadero de Octavio Cuartero, al ver una de ellas publicada en uno de los semanarios habituales, me dijo que parecía un francisco recien salido de las misiones africanas ).
Me hallaba muy lejos de las mismas, aunque evocaba la impresionante labor que había desarrollado en Oceanía el padre Damián, mártir de Molokai, la llamada "Isla maldita "... y me adentraba a pedal en los domicilios de Emilio Bermejo, Valeriano González , el generoso "Valgosa", Bernalte, Ernesto Ruiz y Félix Reino yendo a desembocar en la "Huerta Azul " de la Carretera de Valencia.Mis amigos Mikel Norell y Miguel Caiceo, me aconsejaron que si quería triunfar en el espectáculo o en cualquier rama del arte, tenía que desplazarme a la capital de España, algo imposible.Mis padres y hermana Marieta me necesitaban... y mi familia era lo primero.
Me aferraba a los espacios televisivos ( " Primer aplauso", "Pasaporte a la fama ", "escala en IFi ", ect... que veía en el "Bar Avión "... y entonces mi compañero Andrés Hervás, trocado en flamante auxiliar, que colaboraba con Dativo Díaz, uno de los rivales directos de Miguel Rodríguez, el pionero en la venta de televisores, me convenció para que le comprara un aparato receptor.Fue a casa acompañado por su colega, Blas Bañón, habló con mi padre... y mi madre, la dulce e impagable Valeriana Martínez, eligió el modelo 5 N 8 de la marca "General Eléctrica Española " ( la sede de Dativo estaba en los bajos de Blasco de Garay, 40 y al teléfono que se le podría llamar en caso de avería sería al 213080 ). En mi diccionario enciclopédico "Monitor", mercado en "Gassoll ", tras el cierre de "El Bazar del Libro", aprendí que Televisión significa la transmisión a distancia de imágenes en movimiento y que la formación de una imagen en blanco y negro o color sobre una pantalla consiste en una distribución determinada de las intensidades luminosas en los distintos puntos de la misma... y sin el diccionario me enteré también del precio de los "aparatitos " de 23 pulgadas... que podían picar más que las pulgas afincadas en el "corral de Chorrica " ( los televisores subían como las olas del mar... en terreno de secano ).Total, que nos quedamos con la pequeña pantalla... y papá firmó las letras que se conservan intactas en una de sus preciadas carpetas.Dimos 5.331 pesetitas de entrada... y el resto lo pagamos en "incomodísimos " plazos de 2.000 del ala.Teníamos la acariciada tele y estábamos felices. Lo peor es que, debido a las fuertes lluvias de principios de aquel diciembre de 1968, tuvimos que esperar a que el tejado estuviera seco y pudiera ponerse la antena. No obstante, en presencia de los míos, improvisé unos ripios de mi sencilla cosecha y grité a los cuatro vientos con la ventana cerrada: " ¡ Ni Pele, Mele, ni Gele, los de la pescadería, hemos comprado la tele... y aquí reina la alegría !.
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