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Sábado, 26 marzo 2016
guadalajara

Concurrida vigésimo tercera 'Pasión Trillana'

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| María Vera 0 Comentarios

Tenía lugar el pasado viernes, en una espléndida mañana de primavera en la que el tiempo, justo en que debe hacer en la época, respetó el Vía Crucis. A su término, y con la pretensión de acercar las tradiciones a los ciudadanos, el Ayuntamiento de Trillo propició una degustación popular de 'zurracapote', torrijas y rosquillas para quienes se acercaron a la Plaza Mayor.

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Una magnífica mañana de primavera recibió ayer la vigesimotercera 'Pasión Trillana'. El astro respetó la ilusión con la que un nutrido grupo de lugareños -son en torno a medio centenar los que participan cada año desde hace veintidós- escenifican los últimos días de Cristo. Muy puntual, al filo de las once de la mañana, comenzaba la representación de los juicios contra  Jesús en la Iglesia de la Asunción, que estaba prácticamente llena. Como cada año, Jesús Martínez mantenía con su narración el hilo de la 'Pasión Trillana', mientras cada uno de los presentes asumía su rol, perfectamente caracterizado con los ropajes identificativos.

 

Como la de 2015, la interpretación fue sobresaliente y vistosa, con algunos trillanos asumiendo el relevo generacional en papeles menores. Los veteranos estuvieron todos sobresalientes, como Ernesto Lorenzo (Jesucristo), que soporta sobre sus hombros, figurada y físicamente, la 'Pasión'; como Juan Alberto Moreno (Poncio Pilatos),  Valentín Gutiérrez (Herodes), Antonio Sancho, Miguel Angel Batanero (Simón Cirineo) o el más veterano de todos, Emilio Bachiller, que sigue encarnando con maestría a Simón Pedro. Al fondo de la Iglesia, las bellas imágenes de la Dolorosa y del Nazareno añadían solemnidad al momento. 

 

Una vez salió condenado Cristo, daba comienzo el Vía Crucis y sus catorce estaciones. La adaptación de los evangelios para la 'Pasión Trillana' es obra del párroco local, Santiago Jiménez. El texto, escrito en un lenguaje sencillo, transmite brillantemente la tragedia del momento y el mensaje. No son pocos los que se emocionan, sinceramente y hasta la lágrima, en las sucesivas paradas del Vía Crucis, que en el Año de la Misericordia, están en 2016 dedicadas a ella, como se encargó de recordar Jiménez.

 

En la primera estación, aún dentro de la Iglesia, Juan Alberto Moreno (Poncio Pilatos), soberbio, como cada año, echó en cara a los Sumos Sacerdotes la corrupción que habían sembrado en el pueblo a consecuencia de la que pide la pena de muerte para Jesús.  Justo a continuación, los fieles trillanos salían del templo y emprendían el camino hasta el Calvario, ubicado en el paraje trillano conocido como Las Tres Cruces, frente a la Ermita de San Roque, adonde se represente cada año la muerte de Jesús.

 

Cada estación es un diálogo entre Jesús y el participante correspondiente, excepto la duodécima, en la que hay un monólogo. En la cuarta, la Virgen María (Alicia Bachiller) sale al encuentro de su hijo, que camina con la cruz, camino de la muerte. Tiene lugar en mitad de la calle de San Blas. En el rostro de la trillana se vislumbra la emoción y el sentimiento con el que cada año vive este momento.

 

En general, los trillanos, incluidos los propios participantes, opinan que la estación que más impresiona al público es la novena. También es, sin duda, la que más dificultad entraña para Ernesto Lorenzo (Jesucristo), porque es la de mayor duración y la que cuenta con más diálogos. El texto remarca en este punto el cambio producido en Simón Cirineo (Miguel Ángel Batanero). Mientras que en la quinta estación rechaza la Cruz, diciendo a los soldados romanos “que la lleven ellos que la han fabricado”, en la novena Cirineo se enfrenta con los mismos soldados, defendiendo a Cristo y reconociendo abiertamente que le ha cambiado la vida. 

 

El Vía Crucis llegaba a la Ermita de San Roque y a Las Tres Cruces con unas nubes ligeras que apenas velaban el sol. Después de la representación del diálogo entre los crucificados y de la muerte de Cristo, María cogió a su hijo en sus brazos, abrazándolo con un cariño infinito.

 

Desde la Ermita de San Roque, los fieles levantaron a hombros el Santo Sepulcro, dorado y bellísimo, para bajarlo, por la calle de Enmedio, de vuelta a San Blas y a la Iglesia de Trillo. A su paso, la talla componía bellas estampas entre las estrechas calles trillanas, de casas blancas. Y mientras lo hacía, y cuesta abajo, se veía pasar el Tajo, fuerte, con sus aguas verdes y rápidas. Antes, Santiago Jiménez, emocionado, se había dirigido a la gente para agradecer el esfuerzo realizado a todos los participantes y para pedir a los asistentes el aplauso merecido para ellos.

 

Esta vigésimo tercera representación de la 'Pasión de Cristo' en Trillo ha sido una de las más concurridas de los últimos años, con más de mil personas en las calles, en una localidad que esta Semana Santa presenta un excelente nivel de ocupación, tanto desde el punto de vista de la restauración y de la hostelería como desde el regreso de los oriundos trillanos a su localidad de origen.

 

En este 2016, el Ayuntamiento, para recuperar las tradiciones trillanas, ha ofrecido a todos los que se han acercado a la Plaza Mayor al término de la 'Pasión Trillana', una degustación de torrijas y rosquillas, orgullo de la repostería local, que los asistentes han regado con la sangría de la Semana Santa, o zurracapote. Lo ha cocinado todo Juan Andrés Rodrigo, según las recetas tradicionales. “El zurracapote tiene vino de Trillo, azúcar, limón, pera, manzana y plátano, y canela en rama, que se cuece previamente en agua. El vino se adormece con un porcentaje de agua. La mezcla se deja macerar durante tres días para que cada cosa coja el aire del resto”, explicaba el trillano.

 

El cocinero ha hecho las torrijas de leche, la versión que más le gusta. “Para hacerlas uso pan de torrija, cortado en rodajas de dos centímetros. El pan se baña en leche y, escurrido, se pasa por huevo batido, para freír después las rebanadas con aceite de oliva. Personalmente, me gusta mezclar un kilo de azúcar y cien gramos de canela molida, para untarlas. Los trillanos compartieron en armonía, en la misma Plaza frente al Ayuntamiento, trescientas torrijas, cuatrocientas torrijas y cien litros de zurracapote. Uno de ellos ha sido Valentín Pérez, que recordaba cómo lo hacía su cuadrilla siendo un chaval “desde unos días antes del Domingo de Ramos”. Su mujer, Caridad Henche, recordaba que ellas hacían “el agua de naranja, con una esencia que vendían en las tiendas y todo era  “trajinar, que si te escondo el zurracapote, que si me bebo tu agua de naranja”. Seguro que los sabores de ayer les recordaron otros tiempos, los de su mocedad, cuando ennoviaron.

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