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Jueves, 14 julio 2016
LA BELLEZA CONVULSA

Castilla-La Mancha y su Quijotismo

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BLOGS | Emilio Arnao 0 Comentarios

Los castellano-manchegos siguen siendo quijotes, ¿por qué digo esto? Lo entenderán vuestras mercedes en cuanto dé finalización a este artículo. Castilla-La Mancha se encuentra situada justo en el centro de la Península Ibérica, teniendo al norte los nacionalismos históricos, que domicilian un órdago de realismo sin par, un amontonamiento del pasado en que suscribieron mediante el áspid cultural e histórico toda una leyenda agujereada masivamente por todos los siglos en que se quedaron anclados en una humanización colectiva y lingüística, y teniendo al sur el pragmatismo del musulmaneísmo, esto es, un Al-Andalus que proveyó de todo ese acontecimiento diacrónico que posibilita que el sur adquiera un valor de síntesis o de vitalismo al desflor.

 

Siendo así las cosas, la meseta de Castilla-La Mancha, que tiene en Toledo la antigua capital de los Reinos de las Españas, a lo largo de la historia ha cabalgado en el Rocinante del idealismo, sometiéndose no a la locura novelesca, sino al Quijano regresado al final de la larga novela de Miguel de Cervantes a la cordura postmortem. El castellano-manchego tiene más de caballero andante que del sanchopanzismo del que usan otras comunidades españolas en donde el refrán, la palabra gruesa, los castillos o los mesones en donde la prostitución pudiera ejecutar el consumo de vino de Barataria acceden al fundamentalismo de la vulgaridad o del arte rupestre.

 

El castellano-manchego idealiza su vida así como los días se suceden al arbitrio de las políticas comunales, persistiendo a cada momento en abnegar de la privatización o de una infancia escondida en un colegio de monjas, que es lo que dejó abierto el cospedalismo, que no fue otra cosa sino el burro de Sancho Panza atragantándose de popularismo o de tráfico de influencias. Castilla-La Mancha, como digo, centra la política nacional y quijotiza todo argumentario a la hora de solicitar un compromiso entre lo político, lo social, lo cultural y el Estado. Para ello el castellano-manchego cabalga por los Campos de Montiel, de cuyo nombre Cervantes jamás quiso acordarse –digamos que Villanueva de los Infantes, lugar en que murió Francisco de Quevedo, otro quijote más añadido a la Corte o a la Cruz de Santiago-, con la intención de imitar las andanzas de un guerrero capaz de amar a un imposible sabiendo que toda imposibilidad al final acaba siendo posible. Por eso mismo en las casas colgantes de Cuenca siguen habitando el barbero, el sastre y el cura de la novela en dos partes, los cuales siguen intentado desidealizar al castellano-manchego interviniendo en el caballero de la Triste Figura, que es el apodo que le puso Sancho a Alonso Quijano, como también se le pondría el de Caballero de los Leones, con el que se autotitula don Quijote tras su hazaña con los leones –segunda parte, capítulo XVII-.

 

Pero volvamos al porqué del quijotismo de los castellano-manchegos. Diré en forma barroca que ese quijotismo se da no sólo por una cuestión literaria, sino por una actitud ante la vida que mide la meseta castellano-manchega de lides, de luchas, de revoluciones contra una realidad aparente que se deshace desde el mismo momento en que es conseguida. Ese combate globalizado del castellano-manchego adquiere todavía más valor por el amor a la tierra que profesa, pues que la gleba manchega, aun siendo árida, está humedecida por los usos y costumbres y opiniones de todas las generaciones que desde hace siglos han encomendado a La Mancha una suerte de realidad-irreal que ya fue escrita con ave de pluma por el autor de “La Galatea”. Cervantes, aunque naciera en Alcalá de Henares, es más manchego que los judíos y moros y cristianos que llegaron a un acuerdo cultural-teológico sito en Toledo. Y es por eso mismo, en esa conjunción de papeles varios, donde se ven las aventuras intactas protagonizadas por un Quijote capaz de desfacer entuertos y acudir al auxilio de los desvalidos.

 

Castilla-La Mancha es solidaria como lo fue Alonso Quijano, y es por esas razones por las que la convierten en un mundo esencial para la contribución política y cultural de la nación española. Quijote hoy se está tomando un whisky en la plaza de Zocodover con Emiliano García-Page. Y es el Tajo el que transcribe dicha conversación.

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