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Lunes, 1 agosto 2016

España

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Cuando el Rajoy habla de España y de españoles, muchos nos meamos de risa. Hacen mucha gracia sus obviedades. Claro que España está llena de españoles. Claro que los españoles son muy españoles y mucho españoles. Qué risa tía Felisa. El pavo echa la mandíbula hacia adelante, por eso se le escapan las eses, y suelta la frase.

 

Pero estás equivocado si crees que esa actitud es sandia, en absoluto. Rajoy habla de España y de españoles, pero desde la perspectiva de la derecha más rancia. Como heredero del franquismo, al que siempre ha adorado, cree que España es una, Una, la que sus abuelos, incluidos los carlistas, diseñaron en el siglo XIX y en la que van unidos conceptos como grandeza, Dios y patrimonio. España es grande porque es suya, está protegida por el Altísimo y tiene una historia fascinante en cuyo imperio nunca se ponía el sol y olé; además, el que tuvo, retuvo. En un periquete se han hecho dueños de todo incluidas Nuestra Señora María Santísima del Amor o Santa Teresa, léanse las diferentes actuaciones al respecto del ministro del Interior. El único cambio en doscientos años ha sido de tipo semántico, ya no son los conservadores tridentinos, ahora son liberales como los americanos, pero el perfume, es el mismo.

 

Que España sea suya implica necesariamente que el gobierno también es de su propiedad y reside en Madrid. España, Madrid y Partido Popular son términos intercambiables en un discurso machacón adornado con banderas —la bandera también es suya— que muestran lo mismo en la pulserita, en una insignia, la pegatina del coche o los collares del caballo y del perrete. Esos son los españoles de Rajoy, los patriotas de Rajoy, el germen de una España grande.

 

La izquierda tiene otra bandera, una tricolor. La que se inventó un coronel muy viajado por Castilla donde había visto pendones desteñidos que parecían morados. El pendón de Castilla nunca fue morado, ese color era la consecuencia de la mala calidad del tinte. Era rojo. Es rojo o carmesí, según el ojo del tintorero. La izquierda parece ignorar que durante la primera república ondeó la que Carlos III había elegido porque se distinguía muy bien en el mar.

 

El otro día, viendo la foto de los Ciudadanos por la República que protestaban porque en la catedral de Cuenca quedan todavía símbolos fascistas, vi otra bandera nueva: una tricolor, con estrellita. Ole sus huevos. Ya tenemos tres banderas. De seguir así, yo me pido la mía. Pero no es gracioso, es patético. Hemos dejado que la derecha se apropie de España y de sus símbolos. Nos cuesta decir España y decimos este País. Nos enerva ver la profusión de banderas «rojigualdas» porque muchos las reconocemos como la garrota con la que nos amenazaban, con la que aún hoy nos amenaza la caverna.

 

Una bandera no tiene dueño. Lo de la sangre y el oro que tanto da por saco es una gilipollez que se inventó el payo Pemán. La bandera de España, según la Constitución es roja y amarilla y de cambiarle algo, el escudo, solo el escudo. Hay que arrebatar al PP los símbolos de españolidad que son de todos, a ver qué llevan debajo, lo mismo van en pelota. 

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