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Martes, 2 agosto 2016

No es lo mismo socialismo que socialdemocracia

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Decía Umbral que la historia de la actual democracia ha sido una historia de decepciones. Y yo arrugo en blanco lúcido esa frase. ¿Por qué?, se preguntarán vuestras mercedes. En este artículo intento memorizarlo con mi presunta buena caligrafía:

 

El 82 de Felipe González trajo la democracia y un socialismo de exilio que acabó con el tardofranquismo. González, una vez asomado a la ventana del Palace con Alfonso Guerra en ese saludo eternal a las multitudes rojas, nos había convencido que España necesitaba una modernización que acabara con los diábolos de los ucedeístas y los fraguistas. Esa modernización –Sanidad pública, Educación pública, Seguridad Social, pensiones, acumulación de las clases populares, europeísmo- tuvo una única trampa, que fue el otanismo: “OTAN, de entrada, NO”. Pero Felipe sabía que si quería entrar en el Mercado Europeo también lo tenía que hacer militarmente. González empezó siendo un socialista de rosa sevillana bien amarrada al moño de la presente historia de España. Aquellos 80 fueron nudificados con aquellos rojos de la Transición que eran Gómez Llorente, Alfonso Guerra, Pablo Castellano, Santiago Carrillo, Nicolás Redondo y un Marcelino Camacho al que le estaban haciendo jerséis de lana gorda mientras aún estaba, en los principios de la Transición, encarcelado. El socialismo de González era como un eurocomunismo de Berlinguer, Carrillo o Marchais, antisoviético y próximo a la clase media. En el 82, con aquellos 10 millones de votos, el socialismo obrero español funcionó como tal, es decir, como un liderazgo a través de una vanguardia proletaria y de una organización basada en cuadros, para convertirse en un partido de masas. Guerra era el más eurocomunista de la panda de González, quien, así como iba ganando elecciones, empezó a escorarse al capital y a un europeísmo que ya se había leído el libro de Ernest Mandel “Los amargos frutos del socialismo en un solo país”. González dejó de ser socialista –originariamente ya principió todo en Suresnes cuando se descartó el marxismo del PSOE- para hacerse socialdemócrata. González era el hombre-Estado y así como iba construyendo bonsáis en La Moncloa se iba desoficializando de una izquierda severa y tradicional –el eurocomunismo- para embocarse en el mundo del empresariado, la Banca, la season de un capitalismo que iba poniendo infartos en el corazón de Anguita –tres by-pass-.

 

Por lo tanto aquella socialdemocracia de González acabó en Filesa, en el Gal, en Rubio, en Rumasa, todas las grandes trampas de un sistema que nació welter que nada tenía que ver con aquel socialismo innovador de los principios –divorcio, aborto, libertades en la calle-. Por tanto yo considero que el PSOE ha pasado de un socialismo de Pablo Iglesias a una socialdemocracia anglosajona y germana, europea al fin y al cabo. Luego vino la derechona y la globalización interpretada años antes por Thatcher y Reagan y se acabó el negocio de las masas populares.

 

Pero en estos momentos convulsos de una Celtiberia sin gobierno donde una juventud universitaria y de izquierda legendaria ha regresado al socialismo del 82 hay todavía barones del PSOE que se han propuesto afincarse en el berlinguerismo o en el PCF de George Marchais. Éste es el caso de Emiliano García-Page, toledano y plaza de Zocodover, pues el presidente de Castilla-La Mancha está aplicando medidas sociales que reparten riqueza y valoran a las hordas rojas como de los tiempos de la II República. Emiliano García-Page no es socialdemócrata, sino un socialista de órdago y anticospedalista, estando inaugurando en estos momentos una nueva movida de legislaciones que dicen mucho de su entrega para el pueblo de los castellano-manchegos olvidando el capitalismo y la globalización internacionalista. Page es el manchego rojo que ha expulsado intrínsicamente la socialdemocracia del felipismo, quien hoy es más de derechas que la herencia de la duquesa de Alba.

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