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Miércoles, 7 septiembre 2016

Tina y los erizos

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BLOGS | Francisco Page 0 Comentarios

Me duele la cabeza. No es el Soria, tampoco el Rajoy, ha sido la perreta pequeña, Tina (Faus-Tina); se ha pasado la noche ladrándole al erizo glotón que le quita la comida. Me he tomado un optalidón, rosa, con medio vaso de ginebra. Ahora ando viviendo en un duermevela apacible, quizá por la interacción de ambos fármacos adictivos o por el enorme cansancio acumulado que tengo.

 

Te cuento. A las cinco de la mañana, un ladrido agudísimo me ha despertado. Afuera, noche cerrada. La verdad es que tengo el sueño ligero y suelo ver cada día las estrellas a esa hora, esa es mi condena. Salgo al jardín, tengo jardín; acurrucado entre unas piedras, el erizo ladrón permanece impasible mientras la pequeñina lo acosa en la distancia. El erizo Benedicto —Spinoza— tiene la costumbre de venir cada noche a partir de las doce, entonces se harta a comer y deja sus excrementos en los comederos; no es de extrañar que la negrilla le tenga tanta manía. Pero la aversión no es suficiente para que el bicho abandone el lugar por una gatera que sirve de desagüe. Hace falta algo más; por ejemplo, presencia de ánimo, corpulencia, fuerza bruta o don de la palabra… La Tina no tiene ninguna de esas cualidades, su vocabulario es escaso como escasa es la virtud en don Mariano; su presencia, menuda como la de la Soraya; es débil de carácter como don Iñigo…

 

Es una vulgar perra que se ha adueñado de mi afecto, por eso en sueños la imagino en el Consejo de Ministros donde vota con responsabilidad los asuntos de Estado. Interviene poco pues ya he dicho que no sabe decir más que «hola, dame de comer, ráscame la cabeza»; pero levanta con mucho arte la pata derecha, lo que es muy útil en el caso de regentar un ministerio.

 

Pero volvamos al principio. Para ayudar a la guardiana, provisto de un palo, he empujado al pinchudo animal, apartándolo de la seguridad del majano. No había luna y yo descalzo. Al escrutar entre las matas he comprobado que el erizo no iba solo, toda una troupe de mangantes lo acompañaban; es probable que se trate de una familia moderna porque había tres bichos grandotes y otros dos más chicos; o, quizá, es una banda organizada que cada noche, a eso de las doce, vuelve a hacer lo que sabe, lo único que sabe, comer y defecar en la cazuela para luego esconderse tras el seto.

 

¿A qué me suena esto?

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