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Jueves, 27 octubre 2016

Tolerancia mutua o sumisión

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BLOGS | Fermín Gassol Peco 0 Comentarios

“Cuando veo la televisión y leo los periódicos veo por todas partes que los intolerantes del mundo se afanan por dividir violentamente a los seres humanos. Para nosotros los escritores, sin embargo, la primera fuente de consuelo, la encarnación de nuestro optimismo está en «el otro», en lo mutuo. Lo que me infunde esperanza –a veces es lo único que puede hacerlo– son los actos cuyo objetivo es expandir la tolerancia, la aceptación del otro y la empatía, más allá de lo convencional, de lo meramente práctico y de lo mezquino”. (Richard Ford; Premio Princesa de Asturias a las Letras 2016; extracto de su discurso en el acto de entrega).

 

La tolerancia viene definida en el diccionario bajo varias acepciones que responden a distintos aspectos o disciplinas como son la medicina, la física, la geometría y la moral social. A las tres primeras no me voy a referir porque atañen al grado de permisividad que una cosa admite respecto de otra, lo que supone que uno de los términos representa lo ideal y el otro el grado de desviación o admisión que permite el primero.

 

Respecto a la que nos interesa, a la tolerancia moral social, puede ser analizada bajo otros dos aspectos. La primera hace referencia al respeto a las ideas y actitudes de los demás aunque no coincidan o sean contrarias a las propias. En una segunda, adquiere el significado de soportar una determinada causa extraña. Si bien estos dos aspectos tienen en común la idea de que tolerar es aceptar algo ajeno a lo nuestro, la primera indica aceptar la verdad que tiene el otro, mientras la segunda hace referencia a soportar algo desconocido que puede ser o no  verdad.

 

En cualquier caso ambas indican que la tolerancia es una actitud y una virtud de complicada digestión. En el primer caso la tolerancia se antoja sin duda alguna, conveniente y positiva pues permite poner sobre la mesa, cruzar, conocer aquello que otros piensan, creen o viven y que nosotros ignoramos. En una segunda acepción la tolerancia supone que ese elemento extraño y desconocido puede ir contra lo que uno estima, y responde cuando menos a una actitud de complacencia y cuando más renuncia a los principios en los que uno cree; pues no es lo mismo ser tolerante con alguien con quien compartes de manera pacífica un bien o un espacio que ser tolerante con quien actúa de una manera ofensiva hacia tus intereses, creencias o hechos como por ejemplo la corrupción, el aborto, o el robo. Porque puestos a ser tolerantes y a relativizar todo lo propio, ¿dónde se pone la barrera en la que todo el mundo esté de acuerdo?

 

Ser tolerantes de una manera absoluta conlleva dos premisas, ausencia de principios fijos y seguros y correspondencia por parte de quienes opinando de manera diferente, también han de hacer lo propio, pues de lo contrario estaríamos hablando de sumisión. La tolerancia es válida y fácilmente asumible en el primer estadio de exposición de posturas a las que todo ser humano tiene derecho por ser libre pero no lo es  cuando se obligan a aceptarlas.

 

La tolerancia ha de situarse siempre desde la libertad pero también desde el conocimiento. La persona que no tiene principios, no tiene nada que defender, la persona que no sabe dónde va, que no sabe cuál es el norte camina ante la indiferencia. Hay pensamientos y hechos respecto de los cuales se puede ser tolerante, pero de otros no. La persona que tolera todo es porque relativiza todo y en esa marea de conceptos y en esa ausencia de criterios propios encuentra lo que no va buscando, la sumisión y el caos.

 

Aún en el supuesto de que todos fuéramos tolerantes con todos como queriendo llegar a un estado de complacencia general, esa teoría sería imposible en la práctica pues dos tolerancias entrarían en conflicto necesariamente. Solo se puede ser completamente tolerante, aceptando el hecho en su totalidad, con lo que es perfecto y verdadero. 

 

Justamente “el depende” es la causa del caos del relativismo. El relativismo moral se muestra a priori como una superación postmoderna del análisis ético de las cosas. Pero un análisis lógico que nos ponga al frente de sus contradicciones, como admitir un enunciado y su antítesis como verdaderos, pone en evidencia que es un camino directo al caos, muchas veces practicado por quienes no tienen ninguna ideología y por lo tanto no pueden defenderlas. La tolerancia absoluta es la raíz básica del pluralismo, y así, llevados del deseo de tolerarlo todo para evitar la intolerancia, se llega a relativizarlo todo. Pero el relativismo es un comportamiento autodestructivo: si todo vale, nada vale. Es una doctrina que se pretende moderna y que dice que “todos los valores son iguales”, y que por tanto deben de ser igualmente respetados; es autodestructivo, porque entonces no se puede criticar nada, todo es bueno si es factible” Benedicto XVI.

 

Dicho de otra manera, se hace lo que físicamente se puede hacer quedando suspendido el análisis de si se debe o no se debe hacer. En ese caso la tolerancia es un peligroso camino de complacencia que lleva al suicidio de la verdad.

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