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Sábado, 5 noviembre 2016

Las olas de la vida

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Para los que somos de tierra muy adentro el mar siempre ha sido un lejano objeto de deseo. Es verdad que las comunicaciones han hecho de este lejano objeto, en otros tiempos poco accesible para la mayoría de nosotros, algo mucho más próximo y frecuentado pero aún así sigue resultando fascinante y reclamado. Será porque el origen de la vida se fraguó en ese medio y toda nuestra existencia tiene al agua como un constante y necesario devenir vital.

 

Desde que somos concebidos permanecemos sumergidos en ese pequeño, confortable y sereno paraíso marino que es el líquido amniótico. Seres paridos y lanzados  desde ese  mar  domestico e íntimo que contiene similar salinidad que el agua marina a otro mar mucho más impersonal y casi siempre inclemente, proceloso, frio y turbulento. Nuestras vidas son a fin de cuentas como continuas navegaciones por el mar de las circunstancias, ambiciones, esfuerzos e imprevistos en los que el oleaje más o menos arbolado hace muy difícil que podamos mantenernos  siempre a flote.

 

Nacemos mojados y nuestra condición reclama que habremos de navegar de esta manera en nuestras vidas. La experiencia de quedarse sentado en la orilla viendo como las olas se acercan y se van resulta tan pobre y alienante para el hombre como renunciar a las facultades con las que está dotado. Al fin ¿de qué material estamos hechos los humanos? Agua prominente en los tejidos, inteligencia y poco más.

 

La calma en el mar y en la existencia es agradable para un rato pero después resulta demasiado anónima y monótona. Cuando la marea hace acto de presencia por la acción de ese bonancible vientecillo de la vida, nuestro mar cobra carácter y personalidad propia, el horizonte  se aviva y la existencia comienza a tener un alegre ritmo sobre el bamboleo de sus olas. La experiencia de nadar sobre el pequeño oleaje dejándonos llevar por él resulta una experiencia placentera. Son los momentos agradables de la vida. Cuando las olas se hacen más fuertes esa placidez desaparece y hay que dar paso al esfuerzo corporal y mental para vencerlas, pues no sólo hace falta fuerza física para sobrevolar en ellas, también hay que pensar en cómo hacerlo; dicen los expertos nadadores que dejándose llevar para después, atacarlas y vencerlas pero siempre por debajo.

 

Cuando en la vida cotidiana aparecen sin avisar tres o cuatro “golpes de mar” en un momento, la serenidad que hemos mantenido quizá pueda tambalearse. La fuerza con que baten las olas en nuestro cuerpo una y otra vez acaso lleguen a aturdirnos pero constituyen los momentos en los que medimos el verdadero peso de nosotros mismos. Situaciones que nos ponen al límite de nuestra capacidad y nuestras fuerzas. Son las  marejadas de la vida. Son los necesarios y distintos ritmos de un mar en el que estamos abocados a vivir; porque en el fondo todos somos millones de afanosas y volubles espaldas y esperanzas empapadas o así debería ser. Quedarse en la orilla del océano sin experimentar el suave balanceo o el azote de las olas es como renunciar a los múltiples latidos y sabores que la vida lleva dentro.

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