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Miércoles, 9 noviembre 2016

La almohada

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BLOGS | Fermín Gassol Peco 0 Comentarios

Todos utilizamos la almohada para dormir si bien cada cual mantiene sus preferencias por un tipo concreto; podríamos decir que existen tantas almohadas como seres durmientes pueda haber. Como todo en la vida se antoja en cuestión de gustos, aunque en muchos casos, sobre todo a partir de una determinada edad es cuestión de cervicales.

 

Muchas personas tienen la costumbre de viajar con la almohada de sus sueños. Algunos lo hacen por pulcritud y es que compartir con extraños la inmediatez de tus sentidos es algo que justifica inclinarse a llevar tan íntimo equipaje. La mayoría sin embargo señala otros pretextos como pueda ser el estar habituados a sus características, a su dureza, a su altura, a su “exclusividad” y seguro que es cierto, pero pocos confiesan que lo hacen por cuestiones de confidencialidad.

 

Porque oye, pasas la noche en un hotel soñando y ahí queda el “confidente nocturno” esperando que otro le cuente la noche siguiente sus secretos, sus problemas, vaya usted a saber de qué tipo; y es que de alguna manera en la almohada quedan grabados nuestras intimidades, nuestros sueños. Nada hay que sepa más de nuestros deseos, de nuestros desvelos, problemas e ilusiones, nadie conoce más y mejor  la intimidad de nuestra vida que la almohada porque nada ni nadie pasa tanto tiempo en contacto con nosotros y tan cerca de nuestros pensamientos.

 

 Las almohadas son los cojines de las ideas maduradas sobre el silencio de la soledad; sobre la almohada encontramos mejor las soluciones a los problemas de la cotidianidad. La almohada es como ese confesor que escucha todo lo que pensamos por tarde que lo hagamos y lo hace sin prisas embebiendo lo que nuestra vida a diario va diciendo; será por eso que tras la noche, en la mañana todo se ve más claro y más sereno.  Disco duro, mullido y esponjoso donde se almacenan todas las vivencias más íntimas.

 

El niño tiene en su almohada al primer contador de cuentos que al crecer se convierte en un libro blanco donde escribir sus aventuras más sagaces; para la adolescente es su paño reversible de alegrías o de lágrimas, que una noche llena de sueños plácidamente románticos y a la siguiente empapa de tristes desencantos.

 

El transgresor que la utiliza para meditar la fechoría o para arrepentirse pesaroso de haberla cometido. El anciano que sin dormir, vigila descansando  las canas con las experiencias vividas.

 

La almohada compartida por el matrimonio que piensa, vive y sueña  unido, la almohada conyugal como transmisora de sueños mutuos, de deseos para el mañana, confortable seno de las muestras de cariño o de distancia;

 

¡ay si las almohadas hablaran de los aciertos y desatinos, de amores y desamores, de errores y aciertos, de traiciones y conquistas!

 

Las almohadas son para ser vividas aunque las utilicemos para reclinar sobre ellas nuestros sueños, esos que nos hacen estar más despiertos cada mañana; y es que sin un amanecer que nos espere, la almohada se convierte en un triste y frio saco repleto de tristezas. La noche definitiva no necesita almohada alguna.

 

Por cierto, les pregunto: ¿cómo han pasado la noche? Servidor bien, adiós gracias.

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