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Sábado, 19 noviembre 2016

Convivencia

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BLOGS | Fermín Gassol Peco 0 Comentarios

Convivir, del latín “convivere”, es definido por la R.A.E. como vivir en común con una u otras personas. La idea que teníamos hasta ahora era la de llevar una vida rodeados de otras personas muy parecidas a nosotros. Personas con los mismos rasgos físicos, las mismas o parecidas costumbres, ideas, creencias, filosofías de la vida, en definitiva con la misma cultura, no sólo intelectual sino moral y social. Hoy el concepto de convivencia se hace extensivo a la vivencia junto a otras culturas, gustos, ideas, usos y costumbres, religiones. 

 


Convivir siempre hace referencia a estar en contacto con otros y digo en contacto, no al lado de otros. Vivir en común con alguien no es lo mismo que vivir al lado de ese alguien. Esto último se llama coexistir. Coexistir es otra cosa, significa existir a la vez que otro. ¿Qué diferencia existe entre uno y otro concepto? Existir, existimos muchos millones de personas en múltiples culturas a la vez. La temporalidad de la existencia es algo que nadie puede ni evitar ni provocar. Pero hasta hace pocos lustros las distintas culturas existían abarcando territorios de manera que no existían mezcolanzas físicas entre ellas. 

 


Hoy con la globalidad, con las comunicaciones, las personas, bien trasladan sus filosofías o dejan de tenerlas. De esta manera la convivencia de personas y sobre todo de culturas, ideas o costumbres hoy es más frecuente y a la vez más difícil. ¿Porqué? Pues porque en la convivencia se cruzan necesariamente distintos usos, diferentes niveles de acabado personal, distintas exigencias, referencias, preferencias, virtudes y defectos incrustados en sus esencias que establecen unos estilos de vida propios. 

 


Es la gran diferencia de vivir en “plan pensión” en la que no se comparte nada o en “plan familia” en la que se debate, se discute, en una palabra, se convive. Hoy es muy frecuente caminar por las calles de nuestros pueblos y cruzarnos con personas de otras razas, de otros continentes. Puede ser que estemos en el comienzo de una convivencia de la que salga una manera más uniforme de entender la vida. 

 


Recuerdo mis años de estudiante cuando estuve residiendo en una de las llamadas entonces “repúblicas” en Madrid. El coctel de “familiares” que convivíamos en ella tenía como ingredientes, a un alemán albino  con más de dos metros tan blanco como las sábanas que medio lo tapaban y que no se duchaba ni por equivocación. Un andaluz que contaba chistes por quintales y que nunca perdía el humor, un puertorriqueño que vino a estudiar medicina, tranquilo como él solo, un tipo de Irún que nadie sabía lo que hacía y del que mucho después sospeché que podía pertenecer a un grupo independentista. Para rematar el coctel un asturiano arrogante, un valenciano que desayunaba siempre en la cama y la encargada de la república, una viuda de la que después supimos que tenía el corazón demasiado solo y dicen que demasiado alegre. 

 


Hubo momentos en los que los desajustes culturales y educacionales crearon tensiones, alguno importante pero créanme, la cosa funcionaba. El secreto estaba en el respeto a la persona y en la juventud que siempre es un buen lubricante para la convivencia.

 

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