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Miércoles, 30 noviembre 2016

La caja pseudo-rápida

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BLOGS | Fermín Gassol Peco 0 Comentarios

Hace unos días fui a realizar una pequeña compra en una gran superficie.  Consistía en un pack de tres garrafas de aceite que se encontraban ese día cuatro euros más baratas, total, doce euros al talego. Como además me pillaba de paso, el ahorro no se vio mermado con el gasto del trasporte. Era cosa de unos segundos, vamos que iba a tiro hecho. Aun sabiendo que ese día el supermercado estaría a tope por los reclamos publicitados, decidí entrar, pensando que para eso están las cajas rápidas.

 

Recogida en un santiamén la precaria mercancía, sin picar como muchos en la compra de otras cosas que no son necesarias y que ese día están más caras de lo habitual, me dirigí a una de esas cajas que existen es estos establecimientos cuyo objeto hasta ahora no entendía del todo pero que desde hoy comprendo de sobra. Antes pensaba que una caja rápida era algo que iba en contra de los intereses del comercio ya que si bien facilita una mayor rapidez en el pago era a costa de comprar menos cosas, lo cual no tiene lógica ¿o sí? Pasen y lean.

 

 Posicionado ante “la caja para prisas” con la rapidez que de ella esperas observé con alivio a un matrimonio conocido que llegaba a la nutrida cola de la caja siguiente con el carrito hasta arriba, el marido empujando y la mujer sujetando los botes por si acaso;  nos saludamos con la mueca que utilizamos en estas ocasiones y viendo el volumen de carga le comenté, mucho acarreas, yo vengo a cosa hecha.

 

 Tenía delante de mí a tres clientes con cuatro cosas pero al terminar la conversación con el amigo veo que la breve fila donde estoy no se cantea, observo que en mi caja algo falla. La cajera novata pasa una y otra vez por el lector unas zapatillas, las mira, las remira, no sé si las huele o es que ve poco, teclea el chorro de números de la barra y dale que te pego pero aquello no funciona;  a llamar se ha dicho a la caja principal. La encargada coge las zapatillas, se las lleva; mientras, la operaria sigue pasando las dos compras restantes; espera un rato largo y las zapatillas por fin pasan el control.

 

El siguiente lleva una caja con un chivato que hay que desactivar, no parece que haya peligro en realizar la operación pero la cajera toma sus precauciones. Busca en su mostrador algo idóneo para proceder, busca y rebusca, no lo encuentra y se lo pide a la compañera de al lado que ya está atendiendo al conocido que había saludado. Hace un ratito le llevaba yo dos cuerpos de ventaja y en un momento el me saca medio. Sonrisa de comprensión por su parte.

 

Y la guinda; al ir a pagar el cliente que me antecedía, un señor mayor, su monedero de marras da con las monedas en el suelo. Y las monedas juguetonas se ponen a correr por el recinto, cada una por un lado. Y la empleada buscando y diciendo mire, allí hay una…y por allí hay otra. Mi amigo, con el carrito cargado de bolsas para media España, me dice un hasta luego con el aire triunfador de quien ha cruzado antes la línea de meta, que digo, de cajas. Desde ese momento he comprendido el sentido de las llamadas cajas rápidas; pillines, las ponen para que todos los clientes siempre que vayamos compremos más.

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