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Jueves, 8 diciembre 2016

"La ciudad de Dios" de San Agustín

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BLOGS | Vicente Langreo Domingo, 4 diciembre 2016 17:17 | 0 Comentarios

Es una obra apologética filosófica y teológica, de la historia del cristianismo en el  Imperio Romano, cuando estaba siendo destrozado por los bárbaros. A ella dedicó los últimos veinte años de su vida (410- 430) desde el saqueo de Roma hasta los restos del Imperio y en el Norte de África. La filosofía grecolatina buscaba la sabiduría, el por qué y el sentido de las cosas. Fue S. Agustín obispo quien captó la idea del pueblo desde Teodosio, donde por haber proclamado al cristianismo religión del Imperio y abandonar  la religión tradicional pagana, los nostálgicos de los dioses romanos, se alzaron contra los seguidores de Cristo.Y esto motivó en el autor una reflexión histórica desde la perspectiva cristiana. Hoy  el tiempo y la historia son  realidades abiertas; para unos el Big-Banbg, o posibles ciclos repetitivos. Para  los creyentes en cambio la Creación y el tiempo caminan en sentido circular desde la expulsión  de Paraíso, luego la  llegada  de Jesús y Parusía para volver al origen. Pero la visión de San Agustín es lineal: creación, expulsión de Paraíso como llegada, muerte y resurrección de Jesús y juicio final; la primera es la visión judaica; la otra que concibe el tiempo de otra manera es la cristiana. El Mesías resucitado se apareció a los discípulos pero habrá otra llegada de parusía, según el Nuevo Testamento el Hijo Del Hombre vendrá con gloría y pagará a cada uno conforme a sus  obras (Mt.16,27) Pero el milenarismo en la cultura cristiana hizo pensar en torno al a.1000 que Cristo vendría pronto y los mártires afrontaron las persecuciones de los primeros  siglos murieran por su fe pensando que la llegada era inminente.

 


    La visión lineal y la circular convivían y relativizaban el valor de los años, pues  con el retorno al Eden primero de la creación, se cerraba el círculo; pero también existía una  concepción lineal hacia el Juicio Final, término cerrado en si mismo, en el que llegaría Cristo para poner término a la historia; pero al pasar el tiempo y sin pruebas, la  espera se hacía larga e insoportable. La Ciudad de Dios  de San Agustín fue un esfuerzo para dar respuesta a la pregunta sobre el saqueo de Roma por Alarico a. 410 y ocasión  para emprender la redacción esta obra más allá de situaciones concretas.

 


  En su tiempo la idea de pueblo era  de Cicerón, donde res populi correspondía a  pueblo, era como una multitud asociada por un mismo derecho para todos. Y eso valía, si hay asociación entre derecho y justicia; no vale la definición de Cicerón si no hay justicia, “dar a cada  uno  lo  suyo;” porque Roma se había entregado a los paganos y no al Dios verdadero. Y esta era  la causa  de  su ruina, no abrazar el cristianismo y su arrogante alejamiento de Dios; por la maldad estructural del Imperio no puede llamarse pueblo al ser injusto lo que hace: rendirse a los dioses  falsos. En san Agustín: “Pueblo es la unión de una multitud asociada por una participación  conforme  con  lo que ama.” La justicia es  principio de asociación y sentido. Eso faltó en la Roma pagana y llegó su ruina. Así cabe imaginar dos modelos opuestas: Babilonia y la Jerusalén celestial sino dos ciudades unidas y amuralladas, pero divididas: ser de este mundo y del otro Una es La ciudad de Dios: con su amor a Él, comunión de fieles, prefiguración de la Jerusalén celestial y con gentes de todas las  razas. Otra  La ciudad terrena, con amor a si misma, sed de poder y conquistas, búsqueda  de riquezas  materiales, y adoración  de ídolos y dioses falsos. Y dos amores  hacen dos ciudades: el amor de Dios y el amor de si y de los ídolos  e intereses políticos.  El Sacro-Imperio romano-germánico intentó unirlos. No fue duradero. Han corrido los siglos y la idolatría del poder económico, mediático y político, están dificultando que los creyentes, siendo de este mundo y del otro, tengan difícil ordenar el mundo según el querer de Dios (Vaticano II) dado el laicismo reinante.

 


Pero sin el amor misericordioso de Dios, la verdadera paz no será posible sin mirar hacia el bien común,  ahogado por tantas formas de egoísmos y mentiras.

 

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