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Miércoles, 7 diciembre 2016

Panadero hambriento

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BLOGS | Fermín Gassol Peco 0 Comentarios

El nivel de exigencia que cada cual requiere para llegar a sentirse plenamente satisfecho es harto variado. Cada uno necesita por ejemplo diferentes cantidades de comida para satisfacer el apetito; no todos los estómagos admiten las mismas dosis de comida, ni todos los cuerpos necesitan las mismas calorías, lo que para unos en un mero aperitivo a modo de calentamiento nutritivo para otros supone un hartazgo y puede ser que para varios días. Existe la medida estándar pero siempre hay gente que las supera o no llega a ellas; en los  distintos “buffet” que ofrece la vida es donde se pueden observar muy bien estas diferencias. 

 

Si a esto añadimos el hecho de que existen profesiones que se ejercen a deshora, bien por la profesión lo requiere, bien porque quien la ejerce prefiere horarios poco comunes, los hábitos culinarios pueden traer más de un problema. Conozco a uno que trabajaba de vigilante nocturno y  tuvo que dejar el oficio porque se iba a casar y no era cuestión  de ausentarse de la cama desde un principio a las horas más propicias para dormir, pero mira tú por donde se casó con la hija de un panadero y acabó metiéndose en Malagón nada más llegar de Málaga.

 

El caso de los panaderos ha sido quizá el más representativo de los trabajados nocturnos; aunque bien es verdad que ya no es lo que era porque la cocción del pan con los hornos actuales acelera mucho el proceso. Sin embargo la elaboración de la masa sobándola una y otra vez sigue antojándose imprescindible para dar a la harina y levadura la textura idónea. Bien pues todo esto viene a cuento porque un panadero demandó a una prostituta acusándola de no haberlo dejado satisfecho.

 

La cosa, moralidades aparte, tiene una explicación la mar de lógica. Nuestro panadero insatisfecho se pasó toda la noche sobando y manoseando la masa sin probar bocado; a nadie puede extrañar que al acabar la jornada laboral tuviese un hambre enorme y se metiera en el primer establecimiento que encontrara para saciarla, pero como no era el único que había  pasado la noche en blanco se encontró con que su propietaria había estado “sirviendo cenas” toda la vigilia y ya me dirán ustedes si se pueden comparar las ganas que tendrían de “comer”  uno y otra.

 

El panadero insatisfecho debía ser un “prisillas” porque tendría que haber esperado, llegar a casa y “desayunar”  tranquilamente con su mujer como mandan ante todo los cánones matrimoniales, las buenas normas y la economía familiar, amén de que como en casa de uno no se desayuna en ninguna parte ya que nadie como la mujer conoce los gustos del marido.

 

No sabemos porque lo hizo, quizá porque en su casa no haya acostumbre de desayunar; allá él, pero la ocurrencia de poner una demanda por ese motivo es tan absurda como querellarse con el restaurante donde has comido por haberte quedado con hambre, demandar a un torero porque la faena no ha sido de tu agrado o hacerlo con el equipo de tu alma porque ha metido pocos goles. Al final lo que se deduce de esta historia es que todo esto sucede porque estamos hartos de comer de todo a todas horas y eso no, ya saben, es bueno para nada.

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