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Viernes, 20 enero 2017

Vivir la alegría del amor familiar

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Con ocasión de la Fiesta anual de la Sagrada  Familia (30-12-2016) los obispos españoles, recogiendo ideas fundamentales de la Exhortación Apostólica “La alegría  del amor,”hacen un llamamiento a vivir y a renovar la realidad matrimonial, como respuesta a una vocación y a un don de Dios. Vivimos en la cultura  de lo efímero y de lo provisional. Las relaciones afectivas cambian con rapidez. Se cree que el amor es como lo presentan las redes sociales,  pasar de unos a otros canales; ocurre como con los objetos, se aprovechan mientras sirven, lo que no gusta se rompe o se tira. Cierto que existen dificultades, falta de vivienda digna y de conciliación laboral y familiar, no  aprecia el don de la vida; hay búsqueda obsesiva de placer; pero hacer del tiempo de los esposos un espacio para escucharse y dialogar con atención y paciencia, es esencial.

             

Esto entraña una  esperanza que supere los obstáculos y hacer de la familia en la Iglesia, una gran oportunidad y referencia para fortalecerse y crecer como comunidad, engendra vida y esperanza en la sociedad. El amor matrimonial  es fecundo, rebasa sus propios confines: afecta a los padres, tíos, primos y hasta vecinos; es amor que tiende a expandirse, a cuidar de quienes están alrededor, impulsa a salir de sí mismos, fomenta la cultura del encuentro, sobrepasa los límites de la propia familia, para acoger a los descartados y marginados. La familia grande debería integrar a madres adolescentes, a niños sin padres, a mujeres solas que afrontan la educación de los hijos, a solteros, a separados, ancianos y enfermos. “Incluso a los más desastrosos en las conductas de su vida”(AL.187) Esto nos habla de la grandeza, de la belleza y la bondad  del matrimonio y de la familia. Pero requiere una formación y preparación en los esposos y en los sacerdotes y los agentes de la pastoral familiar. La preparación para el matrimonio no debe reducirse a los gastos demasiado costosos; sino a la profundidad e importancia del consentimiento matrimonial, que da comienzo a la vida conyugal e implica cambios.

           

El amor  conyugal debe superar las crisis posibles. Necesita disponer de tiempo para dialogar, escucharse, quererse, valorarse y compartir proyectos. El ritmo de la sociedad y del trabajo hoy no lo facilitan. Tampoco basta el compartir espacio común físicamente sin atenciones mutuas. Cada matrimonio pasa sus crisis: de convivencia, por los hijos que nacen, su educación y adolescencia, luego se marchan y el hogar queda vacío. Otras son crisis afectivas, problemas económicos y laborales, desencantos por no lograr lo que se esperaba, inmadurez y caer en el egocentrismo. El acompañamiento a los matrimonios es necesario en una sociedad donde cada uno va lo suyo.

           

Se  necesita un ambiente que promueva y desarrolle una cultura de la familia. El camino es un ambiente apropiado, con un tejido de relacione para acrecentar el deseo de convivencia. El ejemplo de tantas rupturas es contrario.”No hay persona sin personas, ni matrimonio sin matrimonios, ni familia sin familias.“Quien quiera vivir, tiene en dónde vivir y de donde vivir”(San Agustín) No sentirse cortado ni dislocado, sino formar parte un cuerpo vivificado, unido a Dios, trabajar ahora en la tierra para reinar después en el cielo. El amor humano vivido según el Evangelio y la ley de Dios, son su huella en las personas y en el matrimonio. “No te dejes vencer por al mal, sino vence al mal con el bien”(Ro.12,21)  Pero esta fuerza el amar, nace, crece y se desarrolla en la familia y es fuente de alegría para el ser humano y para la realidad social en la familia que vive como fuente de frescura y calor de hogar frente al desamor y la intemperie. Además el derecho a la vida es inalienable. La familia santuario de la vida, es donde se nace, se cuida, educa y humaniza. No puede ser negada, destrozada ni desprotegida. Conviene cuidar en el matrimonio la alegría del amor, por las satisfacciones que origina, por la fidelidad, frente a la obsesión y búsqueda de placer fuera, que en realidad  lo destruye.

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