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Sábado, 21 enero 2017

Crecimiento desacompasado

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Uno de los universales en toda relación es la dualidad. La dualidad es el caldo de cultivo de todas nuestras decisiones. Algo tiene entidad si puede ser contrastado y comparado con al menos otra realidad. Históricamente estos dualismos se han ido adecuando a los problemas que el hombre ha encontrado y a las soluciones que ha logrado en cada momento. El hombre va descubriendo sus capacidades ascendiendo por las paredes más o menos verticales de la historia apoyado en sus dos bastones, cabeza y corazón. Y así ha llegado a donde está.


Fue Augusto Comte el que definió esta escalada con sus, digamos que tres alturas o niveles de conocimiento, con sus conocidos estadios del saber; la religión, la filosofía y la ciencia positiva como cima de este conocimiento. El hombre positivo, cerebral, exacto, matemático, ese es el hombre que según este filósofo francés llegaría un día a la plenitud del saber universal.


Comte desarrolló esta teoría a mitad del siglo IXX, es decir, hace unos ciento sesenta años. La pregunta que propongo puede ser ésta: ¿Ha logrado el hombre de hoy ser más cerebral que hace siglo y medio?
A nivel personal el hombre actual es más positivo; plantea la vida de manera más práctica, más efectiva. El desarrollo y los descubrimientos científicos hacen que sepamos el porqué de muchas cosas que tiempo atrás, bien se desconocían o se atribuían a generalidades. Hoy el saber es mucho más específico que es como deber ser todo verdadero conocimiento, aquel que distingue lo exclusivo, de lo parecido o de lo general. Por eso hoy existen muchas más especialidades, tanto a nivel universitario como en la formación profesional, tanto en materias intelectuales, como en las manuales. De ahí también que toda persona que quiera sobrevivir en esta compleja maquinaria social ha de estar especializado en alguna materia.


​A nivel social, sin embargo, los hombres y mujeres mantenemos un comportamiento más mezclado con el pasado. Gustamos de rememorar viejas costumbres, mantener tradiciones que se dan de plano con la forma de concebir la vida a diario. Quizá sea como una contraprestación a una vida que sabe y huele a poco o que no nos ofrece los olores y sabores de nuestras raíces; y es que no todo en la vida es “aluminio”, aunque este metal tenga muchas e indudables virtudes.  

 


A nivel político, la cosa se complica y mucho. Mantenemos con demasiada frecuencia posturas que tienen que ver con el pasado…y con nuestro corazón. El hombre de hoy, positivo, racional lo es menos cuando “piensa” en decisiones  donde el pasado y la historia, donde la genética y la tradición juegan un papel destacado todavía a la hora de decidirse por una u otra opción. Si para Comte la fase filosófica del conocimiento tendría que ser superada por la científica, no parece que muchas personas actualmente a la hora de emitir su voto, por ejemplo, actúen con la frialdad de una decisión de la mente, sino más bien con la decisión un tanto atávica del calor del corazón. Como es lógico, dejo a un lado a aquellos que toman las decisiones con el estómago agradecido. Esos no formaban parte del pensamiento de Comte.

 

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