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Miércoles, 25 enero 2017

Mantas públicas

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BLOGS | Fermín Gassol Peco 0 Comentarios

Nunca olvidaré la primera vez que siendo un chaval con calzón corto me topé con el cadáver de un hombre que estaba tendido en el suelo; recuerdo también que una vecina lo tapó en seguida con una manta mientras me decía, “vete de aquí muchacho que esto es muy feo para estar mirando”; después he visto desgraciadamente alguna manta más en las mismas circunstancias y hasta me ha tocado poner alguna. Desagradable comienzo ¿verdad?

 

 Las mantas, esas telas recias de buena lana que han servido  para resguardarnos del frio en el invierno, utilizadas también como tapetes en algunas mesas camillas, en situaciones de urgencia o en los carros, tartanas y trenes de otros tiempos son unas prendas, sin duda, con muchas historias. Las mantas se han venido utilizando fundamentalmente para tapar los cuerpos fríos o del frío pero también sirvieron en los últimos siglos para ocultar situaciones desagradables o engorrosas con otro cariz. Si una buena capa todo lo tapa no digamos de una manta que es más grande sobre todo si la manta es zamorana. Porque las mantas siempre han preservado de las bajas temperaturas pero también y aún sin ellas saberlo, de bajos y oscuros comportamientos poco cívicos y éticos. Cuantas situaciones embarazosas por ejemplo y en su más literal sentido se tapaban con la manta de un matrimonio. Cuántas relaciones inconfesables se tapaban con relaciones que si eran aceptadas por la sociedad. Cuantas mantas raídas se intentaban y a veces se lograban tapar con otras mantas.

 

Hoy las mantas se utilizan mucho menos gracias a las calefacciones y a la mejoría en la salud social de esa asfixiante enfermedad “del qué dirán”. La sociedad vive en la actualidad más aireada sin miedo a contraer prefabricados resfriados. Hoy ya no existe tanta hipocresía en medio de las plazas. Sin embargo, pese a que la situación en general es de bonanza se siguen utilizando algunas mantas todavía para tapar situaciones de otra índole, algunas privadas pero sobre todo públicas que nos atañen a todos por lo que todos también las debamos conocer con transparencia, aunque como el cadáver con el que me topé esa mañana resulte algo feo, por eso precisamente; son esas mantas bajo las cuales se realizan juegos de manos, invisibles para aquellos que no saben ni viven de los trucos, ni de efectos especiales, o sea el pueblo llano. Porque raro es el día que no aparece algún “artista de un circo indeseable”, que solo o en compañía de otros, realiza oscuras maniobras, opacas para los espectadores utilizando los mismos trucos de siempre, los del trinque, el descuido y el lucro ilegítimo y desmedido.

 

Un incalificable espectáculo que presenta sus “momentos estelares” cuando los juegos de manos se realizan bajo una inmensa manta que es de todos y con las carteras que estos falsos artistas piden a los que asisten embelesados al espectáculo para llevar a cabo sus trucos, unas carteras que nunca más volverán a ver. Las mantas no fueron inventadas para tapar las cosas feas, sino para hacer la vida más confortable, la vida de todos y no la de unos pocos solamente.

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