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Viernes, 27 enero 2017

El muro derribado por la libertad

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BLOGS | Fermín Gassol Peco 0 Comentarios

La ruta que debíamos seguir ese día contemplaba el paso por dos lugares históricos. Desde Núremberg y su palacio de justica donde en una de sus salas tuvo lugar el famoso proceso por el que dieron cuenta en su día, creo que de manera muy suave por el corto número de encausados, los sicarios de un loco que los hizo enloquecer también, hasta Berlín, pasando por donde estuvo situada su cancillería, hoy demolida y sobre la que hay construido un edificio con un restaurante chino, la vida como hoguera de vanidades y… los restos de su siniestro y hoy derruido muro, el tristemente famoso Muro de Berlín.

 

Para un ciudadrealeño sexagenario como yo, el muro de Berlín siempre había sido algo así como un colosal monstruo contemplado en blanco y negro bien a través de fotografías o en la televisión, una infamia para la dignidad del hombre y para su libertad. La última imagen fue la de su demolición allá por el mes de noviembre del año mil novecientos ochenta y nueve, un hecho que fue contemplado por todo el mundo a través de unas emocionantes imágenes en color y en las que cuan merecido fin para un siniestro asesino, sus restos fueron descuartizados. Del muro quedan hoy algunos restos en pié mejor o peor conservados. Uno de ellos está cubierto con pintadas ordenadas, emotivas pero que disimulan la frialdad y ferocidad de su pasado y de sus padres ideológicos.

 

Existe luego otro trozo en carne viva y vieja sin restaurar que aún muestra sus impúdicas vergüenzas. Les confieso que al ir acercándome a estos restos ya ulcerados que aún quedan, la sensación que empecé a tener fue la de que iba a tocar a un ser mítico, siempre peligroso aunque lejano, aún vivo, a un ser caliente que todavía late. Quizá fuera por las miradas lacerantes de las fotografías expuestas, allí mismo, de todos los que un día cayeron abatidos por las balas cuando buscaban la libertad intentando saltarlo.

 

Berlín hoy es una ciudad libre, moderna, dinámica y enormemente verde. Desde la cúpula del parlamento alemán, una genialidad de Norman Foster, una obra de arte de la diafanidad, la vista se pierde entre unas enormes masas boscosas y en cuidados jardines en los que las ardillas y la vida corretea sin agobios ni opresiones. Berlín es hoy multicolor. Desde la Puerta de Brandeburgo a la Catedral Vieja ya no quedan restos de un pasado dividido. Atrás quedaron las tristes imágenes grises de unos edificios también grises rodeados por un aire plúmbeo y mortecino, con unas calles grisáceas paseadas por gente más triste todavía y que, por cierto, en dos mil seis fueron recogidas de forma magistral en la película “La vida de los otros”.

 

 Berlín bien vale hoy una visita y una sonrisa, Berlín es insultantemente extensa, a la vez deliciosamente acogedora hoy.

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