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Jueves, 9 febrero 2017

Una Iglesia más pobre e inculturada

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Entre las reformas inspiradas en el Vaticano II, la pobreza inculturada, es uno de los temas más importantes; precisamente cuando esta sociedad lanzada al progreso consumista, deja a ciertas naciones al margen del bienestar y del desarrollo; y a la vez crea dificultades a la difusión del Evangelio- que implica la fraternidad- ante un cierto neopaganismo laicista, que olvida lo religioso en su propuesta de ideales y por otra parte fomenta una violencia religiosa radical. Se lucha por los bienes mundanos y se empeña en instrumentalizar una religiosidad agresiva, o la infravalora por irrelevante. Pero los humanos somos de este mundo y del otro al que caminamos inevitablemente. “La Iglesia es el Pueblo de Dios enviado a todos los pueblos de la Tierra”(GS.13) a dialogar con ellos (GS.40-45) que reconoce sus raíces en la misión Trinitaria del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Por ello la inculturación de la Iglesia en pobreza, es cristológica y espiritual. Encarnación e inculturar la fe, connotan y están analógicamente relacionadas. Así el quehacer de la Iglesia y sus reformas, deben  encuadrarse en este modelo.


Inculturar el Evangelio equivale a evangelizar la cultura, como dos caras de una misma moneda. Cuando el cardenal Bergoglio en Argentina el 1985 organizó un curso institucional, citó al P.Arrupe y a jesuitas como Ricci, Nobile y José Acosta, que ya lo hicieron en China y América. El Papa no habla de modelo esférico, donde los puntos equidistan del centro; el modelo que aplica es poliédrico, con diferencias peculiares de las diversas culturas y pueblos. Gracia y naturaleza, con la evangelización y cultura por su parte, se enriquecen mutuamente con un humanismo histórico y social. Se necesita comprensión y discernimiento, dar relevancia a la evangelización, gradualmente poco a poco, hasta asumir la vida cristina y llegar al sentido de la fe, especialmente en los pobres, que deberán madurar desde sus procesos iniciales.

 

En la encíclica “Redentoris missio,”se habla de dos condiciones 1) La compatibilidad del Evangelio con diversas culturas por asumir, 2) Y de la comunión con la Iglesia universal, donde el todo es más que la parte. La Iglesia no es uniformidad, sino unidad y comunión vital.

 

​La Iglesia pobre y la “opción fundamental por los pobres” tiene un fundamento bíblico, como Benedicto XVI indicó en América, Medellín, Puebla y Aparecida. (2 Cor,8,9 y Mt..25,35.-36) Son páginas antológicas que muestran el rostro de Dios y su misericordia: “los últimos serán los primeros.” (EG 198) Tal opción es eclesiológica y pastoral, entendida como programa desde la Encarnación y la Pascua; ambas vistas como alegría de la Resurrección, tras el despojo de la cruz. Una  Iglesia pobre en el ser y en la apariencia inspiró varias propuestas  para mostrar el rostro de Dios, de cara a los países económicamente más desfavorecidos. Realmente Cristo se hizo pobre para  enriquecernos a todos.Y por ello “pobreza, castidad y obediencia” son el soporte normal de las órdenes monásticas  y  religiosas. Pero encarnar la pobreza de Cristo (2 Cor.8,.9) lleva a recordar. 1) Valorar  la pobreza como muro defensivo y fuente de espiritualidad. 2) Superar tentaciones contra la pobreza sin subestimarla. 3) Hacerse pobre desde la lógica del amor. 4) Empobrecer el modo de ser, de situarse y de de pensar. 5) Reformar las actitudes y hacerse pobres, inculturados en la pobreza y difícil empeño en una sociedad tan consumista. Pero con bienes la caridad cristiana  remedia muchos males.

 

La marcha del mundo va en otra dirección. La tecnología y la vida marginan al pobre, con trabajos mal retribuidos, en condiciones de esclavitud y lucrándose el mundo rico. De esa pobreza nacen el odio y la violencia en los más desfavorecidos. Se critica la grandeza monumental y las riquezas en la Iglesia, frente al Cristo pobre. Hay que pensar que Dios se merece toda grandeza, poder, honor y gloria. El hecho  tener tanta belleza y arte acumulados históricamente en ella sirve para reafirmar nuestra fe y preanunciar la futura gloria que esperamos.

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