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Miércoles, 15 febrero 2017

ELOGIO Y DEFENSA DEL LIBRO (Antonio Escamilla Cid)

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Me ha venido a la memoria la frase “Elogio y defensa del libro”, como recuerdo y homenaje al “Discurso del Sr. Doctor Juan Baptista Valenzuela Velázquez…”; obra del totalmente olvidado ilustre conquense D. Juan Bautista Valenzuela Velázquez (1574-1645), porque, en realidad, lo que se encierra en mi propósito de escribir estas líneas es un verdadero y breve periplo por el inmenso y mágico mundo del libro y que se asemeje en lo posible a una apología y alabanza del mismo.

 


Al principio, fue la palabra. Y la palabra se hizo letra. Y esta se hizo escritura, encontrando su molde perfecto en el libro, que es el mayor de los inventos humanos; símbolo de sabiduría y poder que rompe la atadura del tiempo y demuestra que el hombre puede hacer cosas maravillosas.

 


Los libros hacen mucho más hombre al hombre. Ellos nos hacen más sabios y libres.

 


Con la invención de la imprenta, el conocimiento empieza a expandirse por todo el mundo. La cultura se hace accesible a cualquier persona que pueda leer. Leer es saber. Y, gracias al apasionante mundo del libro, la magia de la lectura se extiende por todas partes.

 


Han pasado ya 23 siglos desde la fundación de la Biblioteca de Alejandría. Si no hubiese libros, ni documentos escritos, pensemos qué intervalo de tiempo serían 23 siglos. Si la información se hubiera transmitir únicamente de palabra, de boca en boca, qué poco sabríamos sobre nuestro pasado. La información y el conocimiento se irían haciendo cada vez más confusos y al final se perdería. Y es que, no lo olvidemos, el mundo se construye con libros. El conocimiento, la vida, lo que somos, está en ellos. Sin ellos no seríamos lo que hoy somos, ni tendríamos pasado ni futuro. Un niño que lee, siempre es más feliz. Recordemos a Henich Heine: “Donde se quiere a los libros, también se quiere a los hombres”.

 


Amigos y amantes, grandes conocedores de los libros fueron Justo Lipsio, Gabriel Naude, John Dury, Cottón des Housayes, Fray Diego de Arce, Benito Arias Montano, Nicolás Antonio y, sobre todo, el ilustre conquense D. Juan Bautista Valenzuela Velázquez. Denominador común de todos ellos es considerar al libro como instrumento fundamental que pueda informar, transmitir los pensamientos que encierra, poniéndolos al servicio de la colectividad, pues solo así cumplen su misión, de otra suerte son como tesoros enterrados que no benefician a nadie. La educación mejora al ser humano, su espíritu, mente y sentimiento se perfecciona con la frecuencia de los libros.

 


Pero de todos los grandes e insignes promotores de cultura que acabo de citar, hay uno que despierta en mí gran interés; un personaje que ha permanecido totalmente olvidado, aún habiendo hecho del libro una de las más cálidas defensas y elogios: D. Juan Bautista Valenzuela Velázquez. Su “Discurso” es obra de importancia fundamental en la historia de la bibliología, ocupando un sitio preferente entre los historiadores del libro y de las bibliotecas. Es tan altísima la consideración que nuestro ilustre conquense tiene a los libros  que llega a decir que el valor y la utilidad de ellos aventajan a las armas de los soldados, pues sin ellos “los hombres no pueden militar en la profesión de las ciencias”. Su “Discurso”, nos dice Ernesto de la Torres Villar, “es revelador de cómo España estuvo presente en el progreso cultural europeo, de cómo allá, como otros rincones del Viejo Mundo, hubo hombres que amantes del saber y de los libros, hicieron su elogio y defensa.

 


Por último, el amor que Valenzuela Velázquez tenía a su patria chica, Cuenca, lo volcó en el “Discurso en comprobación de la santidad de vida y milagros del glorioso San Julián, segundo obispo de Cuenca” (Cuenca, Bartolomé de Selma, 1611)

 

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