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Jueves, 16 febrero 2017
la belleza convulsa

De la grande historia de una España en naufragio

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BLOGS | Emilio Arnao 0 Comentarios

Esta España cuyos trabajos de Persiles y Sigismunda conducen a un naufragio en donde los navíos semejan la Armada Invenciable de Felipe II se halla enjaezada entre mares y mundos cuya escura historia ha ido a parar a un isla sin fortuna. Me va pareciendo a mí que esta decadencia de una tierra que tiene sus orígenes en celtas e íberos, en alanos y visigodos, en romanos y fenicios, en almorávides y judíos continúa malpariendo a españoles asomados a las peñas destos contornos en donde lo suicidado es política y jerga y leyenda y novelas de aventuras que proceden de la itálica manera de narrar las desgracias.

 

Los que nos consideramos patriotas -como es mi caso aunque lleve una cuchillada en las ingles- vemos con resignación de qué manera los últimos de Filipinas regresan a nuestra nación después de haber resistido contra los malos extranjeros en el Sitio de Baler. La extranjería occidental barre nuestras fronteras idealizadas hasta pervertir la habla ética de nuestra lengua castellana. Hemos perdido en el naufragio la economía y el avemaría de la industria, convocando una herida de diez y seis puntos de cara, por lo que ya sólo nos quedan los libros de Historia por recordar aquello que fuimos y esto en que estamos siendo. España hoy es una Berbería, esto es, un musulmaneísmo hereje y de pachás que siguen escribiendo moaxajas y mezquitas de Córdoba. Y ya ni en Córdoba nace un Luis de Góngora y Argote, pues que nuestra cultura sigue bombardeando el Museo del Prado -como vio Rafael Alberti en su obra de teatro- más el Barrio de las Letras de Madrid.

 

Humillados y llovidos, los españoles hemos sido hechos cautivos por una modernidad que todavía no hemos aprendido a imaginar en cabales acciones, pues España, como diría El Buscón, ya es sólo “protomiseria y archipobreza”. Náufragos de los tiempos milenarios, los celtibéricos vamos rompiendo costas con la proa de estos galeotes cuyos remeros son la gente humilde, los desempleados, los estibadores, los que hemos sido vendidos a la Banca, los piojosos y los comidos por las chinches que juran un ¡voto a Cristo¡ en las mazmorras en donde el poder nos encarcela. Prisioneros de nosotros mismos no vendrán los religiosos trinitarios a pagar el rescate de aquel cautivo de Argel que fue Miguel de Cervantes. Por leer no leemos ni las cláusulas suelo, ni las letras pequeñas del producto de las preferentes, ni siquiera el informe de salida a bolsa de Bankia. Bankia es un corsario que tiene en Rodrigo Rato a un alcohólico que muta los testículos por tarjetas black. España es la grande historia del sacrificio, de la resignación y del secuestro, más las invasiones de los bárbaros o del Maine hundido por los mismos norteamericanos. Ni Cuba ni Filipinas. Nuestro imperio sólo es una aldea en donde se está continuamente muriendo en la Torre de Juan Abad Francisco de Quevedo. Sin cultura, sin educación, sin espadañas y sin falangistas, España se muere otra vez de gripe española -como Apollinaire-, y este naufragio del que hablo sólo se puede ver en los corrales del Príncipe o de la Cruz, que es donde Lope de Vega sigue escribiendo sus comedias para cosernos las vaginas, no vaya a ser que por ellas entren la cerveza alemana, Mortadelo y Filemón y hasta un tuit de Donald Trump. España sigue siendo el conde duque de Olivares que ahora hace footing junto a Mariano Rajoy, el gran malhechor de esta grande historia de una nación zaraustrática. Manda huevos.

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