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Miércoles, 22 marzo 2017

¿Saturación del modelo social?

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BLOGS | Fermín Gassol Peco 0 Comentarios

En química, se entiende por saturación el estado al que llega una disolución cuando ya no admite más cantidad de una misma sustancia para ser disuelta. El ejemplo más simple es el del azúcar en el agua. Si intentáramos añadir algo más de azúcar una vez que la disolución se encuentra ya saturada, por poca que fuera, ésta quedaría depositada en el fondo impregnada del líquido pero formando un estrato aparte. Para volver a conseguir una perfecta disolución no tendríamos más que dos opciones: eliminar esa sustancia sobrante extrayendo su exceso o por el contrario, aumentar la cantidad de líquido para que pudiera ser finalmente absorbida. La segunda opción parece ser la más inteligente y menos traumática. El problema lo encontraríamos cuando el tamaño del recipiente no admitiera ya más cantidad de solución.

 

Trasladando este ejemplo al mundo de la economía, la saturación se produce igualmente cuando el nivel en la demanda de un producto alcanza un punto a partir del cual no caben esperar nuevos incrementos, bien porque la mayor parte de demandantes han cubierto sus necesidades o bien porque ha existido una sobre producción mal calculada. Una saturación que tiene mayor o menor importancia dependiendo del peso de ese sector en el sumatorio de la economía de un determinado país.

 

La saturación del modelo social sin embargo es mucho más preocupante y difícil de corregir porque se produce cuando la capacidad que ofrece el sistema se ve superada por la demanda de crecimiento que exigen los ciudadanos. Es entonces cuando el modelo en su conjunto se torna insuficiente y hay que sustituirlo por otro con distinta forma y mayor capacidad.

 

 El avance económico y el desarrollo social a lo largo de la historia más reciente, bien puede ser considerado precisamente como una disolución que hasta ahora ha gozado de suficiente cantidad de líquido, dentro de un recipiente con suficiente capacidad también, en donde las legítimas demandas de bienestar económico de sus habitantes han podido ser asumidas.

 

Hasta ahora resultaba impensable que estas aspiraciones pudieran llegar a alcanzar y agotar las posibilidades que el sistema social ofrecía. Cada generación, cada persona si se lo proponía, tenía suerte y medios, lograba prosperar y vivir mejor que sus antecesores. Había suficientes huecos entre “los intersticios” del entramado social para que sus anhelos pudieran llevarse a cabo. Sin embargo en no más de diez años se ha producido tal aumento en el número de personas que han accedido a la sociedad del bienestar, que bien pudiera asemejarse este acontecimiento a un repentino y no calculado, “aluvión masivo” sobre una cantidad insuficiente de volumen económico, y todo esto dentro de un recipiente social que no disponía del tamaño necesario para acoger esa mayor cantidad de aumento de bienestar.

 

Porque hoy nos encontramos con esa nueva e inquietante realidad. Hemos aumentado la cantidad de “azúcar”, de las posibilidades de desarrollo pero a su vez no hemos sido previsores en generar el correspondiente aumento de “líquido”, de espacios económicos para que esas esperanzas y deseos puedan ser un hecho. Para poder alcanzarlos, además será necesario y urgente cambiar de recipiente, de modelo social. De lo contrario, muchos, demasiados, quedarán fuera, lo que supondría el gran fracaso del sistema. Pero a fecha de hoy creo que de ese nuevo modelo, nadie tiene todavía ni la menor idea de cómo ha de ser. Este es el gran reto que tienen, no ya los políticos y los poderes públicos, sino sobre todo, esos que se hacen llamar de una manera demasiado festiva, intelectuales. Bueno, y ya por defecto, todos los que formamos parte de esta sociedad.

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