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Martes, 2 mayo 2017

Europa debe encontrar esperanza

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BLOGS | Vicente Langreo 0 Comentarios

Ahora después de más de sesenta años de paz, tras las I y II Guerras Mundiales, Europa  parece experimentar cierto cansancio de su bienestar y un olvido de su pasado. Políticos que vivieron los sufrimientos de aquellos años, acudieron Roma el 25-III- 1957, y otros ahora a Roma el 24-III- 2017 con ilusiones e esperanzas. Han vuelto para  redescubrir la memoria de aquel acontecimiento y comprender el momento actual. El pasado es como una savia para  vivir el presente. Tras los años  oscuros y sangrientos de la Segunda Guerra Mundial, unos líderes europeos tuvieron la audacia de trazar las líneas para una nueva trasformación  europea. Recordaron que Europa no es un conjunto de normas y protocolos. Es una vida, una manera de concebir al hombre desde su dignidad trascendente  e inalienable, y no un conjunto de derechos que se reclaman. El origen de  la idea de Europa, es la figura  y la responsabilidad de la persona  humana, con su fermento de fraternidad  evangélica.“Roma con su universalidad es el símbolo de esa experiencia y por eso fue elegida para firmar los Tratados. Solo el corazón del hombre podía  ser el origen del proyecto político. El primer elemento de la vitalidad europea es la solidaridad. De ahí brota la capacidad de abrirse a los demás. Los planes de aquellos políticos no podían ser egoístas ni aislados con barreras  infranqueables. Eran trabajar por una Europa unida. Hoy se olvida otra conquista fruto de la solidaridad de aquel tratado del 1957: “el tiempo de paz más largo de los últimos siglos”. La unidad de Europa proviene de un proyecto  definido, ponderado y todavía deficiente, llamado a  hacer realidad las promesas del mañana: traspasando las fronteras de los Estados y el tiempo de las  generaciones. El espíritu común de servicio, unido a la pasión política y a la conciencia de que el origen de la civilización europea se está en el cristianismo, sin  los cuales, los valores occidentales la dignidad, libertad y justicia son incomprensibles. “El alma Europea está unida a valores humanos y cristianos: justicia, laboriosidad, amor a la familia, creatividad, tolerancia, cooperación y  paz” (J.Pablo II)

 

Nos encontramos ante una realidad nueva.  La crisis económica en los últimos años afecta a las instituciones y a los emigrantes. Por eso se requiere discernimiento, valorando lo esencial y respondiendo a los desafíos y  las oportunidades. Además hay que buscar caminos  y estímulos para el futuro y en  la fuente de esperanza. ¿Qué espera Europa hoy y mañana? Hay tres palabras llenas de significado y de sentid: humanismo, solidaridad y apertura. La CEE encuentra  en los pilares  fundamentales: la centralidad del hombre, una solidaridad, con apertura al mundo y al futuro, búsqueda de la paz y el desarrollo. Europa encuentra de nuevo la esperanza cada vez que pone al hombre en el centro y en el corazón de las instituciones. Esto  significa encontrar el espíritu de familia  donde cada uno contribuye según sus capacidades, dones y casa común. Hoy La Unión Europea tiene necesidad de redescubrir el ser “comunidad de personas” y más que la suma de ellas, buscando el bien mayor que nos beneficiará a todos.

 

 Europa  volverá a encontrar esperanza, en la solidaridad, que es el antídoto más eficaz contra los modernos populismos. Recuperará esperanza cuando no se encierra  en el miedo de las falsas seguridades. La historia ha estado por el encuentro con otros pueblos y culturas. Europa siempre ha sido dinámica. Hoy  tiene que ayudar a remediar la pobreza, las enfermedades  y las guerras. La apertura al mundo implica un diálogo  como forma de encuentro Europa debe preguntarse qué cultura propone, para sí y para otros. Su patrimonio moral y cultural es único en el mundo, que merece ser propuesto con  pasión renovada y vital, como remedio contra los extremismos. Europa vuelve a encontrar esperanza si invierto en el desarrollo y en la paz y cuando se abre al futuro. Todo depende deseo de trabajar juntos para un “humanismo nuevo”(Ecclesia. 3,879)

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