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Domingo, 7 mayo 2017

Los pelotas

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Decía el afamado modisto español Jesús Del Pozo en la entrevista concedidaa un diario de información meses antes de morir, cuando ya se encontraba en un avanzado estado de deterioro físico yque no le impedía sin embargo seguir diseñando,que personascercanas a las que consideraba sus amigos, le habían defraudado.Que toda esa tropa de aduladores que durante muchos años lohabían adorado y venerado(por el interés te quiero Andrés) cuando llegó la hora en que consideraron que no era“mercancía preciosa”, frenaron en la carrera y giraron hacia otra dirección, buscando sin duda otra presa a la que sobar para esquilmarla.

 

Un testimonio másel de este diseñador de fama universalque pone de manifiesto lo bajos y crueles que podemos llegar a ser las personas cuando nos comportamos como sanguijuelas con nuestros semejantes a los que nos acercamos con el único fin de chuparles la sangre.

 

Toda la vida han existido y siguen existiendo alrededor de los personajes famosos, influyentes o muy adinerados, grupos de personajillos que a modo de alegres palmeros jalean todas las actuaciones del “capo”. No todos pretenden conseguir las mismas cosas de aquel a quien acompañan mañana, tarde y noche aunque caigan chuzos de punta, que de todo hay, pues algunos no buscan ir más allá de disfrutar de una “fameja” tan vanidosa como efímera a costa de suspalmadas.Pero hay otros que tienen más “pitones” y que son por tanto más peligrosos. De todos ellos la cara más infame  de esta especie de “clá “que pulula en todos los estamentos sociales ya seanartísticos o políticos la componenlosdenominados en el lenguaje coloquial como los lameculos o pelotas.

 

El pelota es ese tipejo que se muestra admirablementeservil entregado a una persona de manera desmesurada para crear la confianza de aquel a quien adulacon el único fin de conseguir favoresy rentas. Un impresentable capaz de vender su dignidad anonadándose hasta el extremo para desde el suelo de su bajeza intentar sacar alguna migaja y después venderla a un precio exorbitadoallá donde crea conveniente.

 

Unpelotacon su comportamiento mimético,resulta en principio tan de fiar que acaba formando parte de la corte amistosamente íntima, de confianza suma de quien al final resulta despreciado y olvidado. Es el perfecto parásito que acaba confundiéndose con la víctima de la que vive. Lo peor del pelota es que consigue permanecer tan agarrado a su presa que ésta no tiene fuerzas sicológicas para quitárselo de encima; es él, el lameculos el que decide desprenderse cuando la víctima carece ya de algo que esquilmar.Y cuando la ocasión lo requierasacar a pasear la “húmeda” por los programas de algunas cadenas de televisión que solícitas ofrecen dinero fácil aestos fantochespara que muestrenante el público lo peor de ellos mismos. En la televisión o en nuestras calles.

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