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Lunes, 12 junio 2017

LA PEQUEÑA SORAYA

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A Soraya Sáenz de Santamaría, Frida Khalo sin Trotsky, se le ha encomendado la difícil tarea de ser la portavocía del desencuentro de la Ciudad-Estado con el independentismo catalán. Esta titánica tarea hace que Soraya pueda al tiempo enfermar de peste negra, pues el combate contra el catalanismo nos remonta a la Edad Media. Soraya, “la pequeña bailarina”, posee la claridad mental de un Robespierre, el Incorruptible, además de la agilidad sensorial de un pajarillo que adquiere la macabra danza de la muerte contra las sardanas y la volatibilidad de las banderas esteladas.

 

Soraya, que es un político a lo Mirabeau, como monárquica constitucional, quiere evitar el republicanismo federal escrito por Jean-Jacques Rousseau. La pequeña bailarina, en esa enfermedad obsesiva-compulsiva que se canaliza a través de aplicar la ley y el articulismo constitucional, quizá no se haya dado cuenta que una democracia siempre es más demócrata cuando se inserta otro paisaje -aunque sea distinto- profundamente democrático. El independentismo provenzal es absolutamente de pleno derecho y apela a la libertad como un manuscrito que debería tener vigencia en las instituciones europeas. Soraya, que es como una comedia de Jardiel Poncela, sostiene aquí una ingenuidad que asoma por esos ojazos como nacidos en una loba del Canadá. La política como “órganum” de fuerzas jamás resolverá la sincronía de todo proceso histórico.

 

Soraya, amante de un don Juan Tenorio que ya es España, no comprende que el sacar las urnas a las calles entra dentro de un ejercicio civil y ordenado amparado por esa filosofía política y jovial que son los derechos humanos de cualquier ciudadanía que entiende que toda civilización puede ser modificada sin tener que ser amenazada por ese Leviatán de Hobbes que es la Ciudad-Estado. Soraya, de este modo, cada vez que habla se vuelve más pequeña, por lo que ocurre el peligro de acabar en un circo como cómica de la enanez. Ese circo ya es el Parlamento de los leones.

 

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