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Martes, 13 junio 2017

¿ESTADO O NACIÓN?

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Hay un sentido de la palabra “política” que me parece la cumbre del acantilado desde donde podemos comprender su complejo significado. Se trata de separar al político como hombre de genio o al político como homo sapiens dentro de su propia vulgarización. Pero ¿qué gobierna un político: un Estado o una nación?, ¿qué diferencias existen entre ambos conceptos?

 

Yo diría que el político que desea ejercer una autoridad suprema -en el más amplio sentido de la palabra- sobre la administración, la economía y lo absoluto en el fondo lo que está creando es el ideal de una Ciudad-Estado. España peca de esa totalidad. Las economías no se hacen en España, sino en el Estado. Pero estos inmensos conceptos carecen de apropiación pragmática a la hora de perpetuar un verdadero valor nacional. Quizá toda autoridad, esto es, el oráculo de la Ciudad-Estado, sea necesaria como condición de que la máquina política, esta gran máquina política que es el Estado, funcione.

 

Pero yo me pregunto: ¿cómo derivar dicha autoridad en su amplia grandeza hacia la reconstrucción de esta realidad histórica que es la nación? El Estado, leído en Hobbes, un suponer, sería el Leviatán, mientras que la nación ya sería la repercusión de este gran monstruo sobre el pueblo. Estado es autoridad y nación, pueblo.

 

Pero vuelve la pregunta: ¿cómo hay que organizar el Estado para que la nación se perfeccione? La distinción no es ociosa ni utópica. A falta de soluciones políticas que exploren las necesidades del pueblo como nación éste se ve forzado a dejarse conducir por otra más grande institución, que ya es la Ciudad-Estado. Europa, durante el siglo XX, prefirió el fantasma transitorio de un Estado perfecto antes que el porvenir de una nación vigorosa y con salud de ciudadanía.

 

España, como derivación de Europa, y a lo largo de su tan siniestra Historia, ha preferido nutrirse, imponer los jugos, integrarse, reducirse o maximizarse según los casos en un Estado, obviando la coetaneidad del concepto de nación como culminación de lo que Unamuno llamaba “intrahistoria”, esto es, la defensa y el abigarramiento de los pueblos en su ascendencia de concreción y de filosofía vital y definitiva.

 

Apelo a la vitalidad de las naciones frente a la perfeccionalidad de los Estados. Nación es ciudadanía mientras que Estado es abstracción, mito, ambición y virtud, siendo toda virtud una derivación hacia todo maquiavelismo. Vivamos los españoles de la nación como hípica política de una mancocomunidad y evitemos al monstruo del Estado como convivencia imposible y ahíta de autoritarismo e histórico feudalismo.

 

Nación es modernidad. Estado es sólo la idea de dicha modernidad. Nación es Paisaje. Estado es el incendio de todo Paisaje. Vivamos dentro de la vida. Nunca en el mito de la caverna de Platón.

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