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Lunes, 3 julio 2017

ESTA ESPAÑA LLORANTE

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Toda la historia de España ha sido la carne del fracaso. Desde los visigodos hasta Felipe VI todas las Españas han sido un empastamiento de una conciencia colectiva que ha corporeizado el concepto de la derrota. Celtiberia sólo fue respetada tras la construcción de El Escorial por Felipe II. Todo lo demás es la descripción de una larga conquista que más que poderoso imperio diacrónicamente se pierde y anula en una historicidad que siempre nos ha vigilado desde la abyección, la trapichería y este quijotismo que, como vómito de puerco, llevamos todos los españoles tatuado en las partes erógenas.

 

España nunca ha sido tomada en serio ni por los bárbaros ni por las cancillerías europeas ni por el napoleonismo ni siquiera -ahora más cercanamente- por esa llave del porvenir que es el norteamericanismo. La España actual de Mariano Rajoy es el resultado de todos los destinos y todos los actos de brujería de un mediterraneísmo y un castellanismo húmedo y seco respectivamente que ahora nos devuelve el sentimiento trágico de la vida, por decirlo con Unamuno.

 

Decía Ortega que España no tiene salvación, que delibera con su propio presente sin encarnar esa inmensa belleza que ha sido amasada por el internacionalismo europeo mucho después de aplicar sostenidamente el Derecho Romano. La España actual llora como lloraba Mariano José de Larra al darse cuenta del estado de putrefacción en que siempre se ha ido consumiendo la patria. Decía Tomas Paine: “Mi patria es el mundo, y mi religión es el bien”. Pues bien, entre el bien y el mal nietzscheanos, los españoles nos dirigimos hacia un destino incierto en donde nunca se nos abrirán las siete puertas de Tebas.

 

Este llanto de España se debe a la personalidad de la raza ibérica, la cual siempre padeció de melancolía o de trastorno bipolar mientras el internacionalismo iba emergiendo como una voluntad de poder que nuestro país siempre ha desperdiciado, porque entre otras cosas nos hemos acostumbrado a arrojarnos al barro y a los excrementos con toda la masculinidad o toda la femeneidad de los cerdos. Mariano Rajoy no tiene ni la más remota idea de la Historia de España, pues sólo estudió los ríos y las sierras de una geografía escolar y demente. Mariano no tiene estudios críticos y absorbentes sobre la gleba española, sus razas, naciones, morcillas de Burgos y el acueducto de Segovia. Mariano sólo se conoce Galicia gracias a las lecturas de Emilia Pardo Bazán. Pero ahí se queda su interpretación de las profundas cavidades de la tierra española, tanto política como históricamente.

 

Mariano, en este sentido, es un vendedor de periódicos en los semáforos de Madrid, donde el más acá de España se le va a Mariano por la orina, siempre que los semáforos se ponen en verde. Mariano va meado al Consejo de Ministros y, acabada la última cena, busca en las revistas pornográficas un lenguaje que tenga solera y gramática antigua para luego añadirlo al Boletín Oficial del Estado.

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