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Viernes, 19 enero 2018

¿EXISTE EL MUNDO DE LAS COSAS PERFECTAS? (Por Fermín Gassol)

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“El hombre actual ha logrado dominar aquellas cosas que le han sido dadas, pero no así la realidad que encierra su propia identidad, lo que él mismo es”.

 

            Decir ante todo que la acepción de “cosa” a la que me quiero referir es la que define la RAE como “objeto sin vida”. No pretendo entrar por tanto en el complejísimo intento de tratarla desde una perspectiva filosófica o jurídica, dimanantes de ideas o conceptos mentales, aunque bien es verdad que muchas de ellas hayan sido y sigan siendo consecuencia de darle al coco de manera admirable.

 

            Las cosas como entes inventados por el hombre. Las cosas como medios para poder disfrutar de una vida más cómoda, también más humana, aunque eso quedaría reservado a los bienes, conceptos no siempre coincidentes, siendo este último un término muchísimo más acotado que el de cosa, pero este es otro tema.

 

            Creo que la civilización de ahora mismo es la civilización de la perfección de las cosas; cuando dentro de unos lustros pase a la historia, no creo lo haga por la brillantez de las ideas políticas, artísticas o filosóficas, disciplina esta última que además para algunos prebostes de la cultura están de sobra en la enseñanza, como si fueran realidades vetustas y superadas, exponentes de otras épocas donde las hicieron brillar grandes genios, sino que lo hará por el altísimo grado de perfección alcanzada en la concepción de artilugios admirables, muchos de ellos auténticas obras de ingeniería y complejísimos cálculos matemáticos, resultando ser perfectos en sí mismos. Una perfección que hace referencia a la obtención inmejorable de lo investigado.

 

            Se diría, pues, que el ser humano actual habría dejado de buscar la perfección en el mundo de las ideas, de lo inaprensible, para hacerlo en el de lo tangible, cuestión tan necesaria como urgente para su propio bienestar y dimensión material…y a fuer de ser sinceros que lo está consiguiendo.

 

            ¿Pero, puede ser una cosa perfecta? Esta es la discutible pregunta;  algo que es inerte, ¿puede llevar el calificativo de perfecto? Yo apuesto a que sí. Me baso al afirmarlo en que una cosa tiene la característica de poseer entidad propia y esa entidad responde últimamente a aquello para lo que fue concebida. Eso sí, se trataría de una perfección limitada, exclusiva y excluyente, estática, lejos de poseer una perfección universal. Pero a este nivel podemos decir que la inteligencia del hombre es capaz de parir la perfección cósica o material.

 

            Sin embargo no deja de resultar curioso y objeto de reflexión, que ese mismo hombre capaz de inventar tantísimas cosas que hacen de su vida un mundo lleno de avances, esté aún en mantillas respecto de lograr la perfección de sí mismo; que no termine de encontrar la tecla que lance al viento una ecuación que despeje la gran incógnita de quién es, una norma universal que haga de su vida en relación algo medianamente soportable.

 

            Quizá esta pueda ser la hora feliz en que la humanidad, una vez encontrado el camino de la perfección material, el hallazgo de todo aquello que posee y pueda llegar a obtener, intente recuperar la senda abandonada que lo lleve a buscar y encontrar su completa identidad. Esa perfección que ha sido capaz de conseguir en todo lo que de él depende…buscándola dentro de sí mismo, en su conciencia, en su espiritualidad, en su interior.

 

            Quizá sea este el momento idóneo de intentarlo cuando ante la búsqueda más importante, radical y definitiva,…sea lo que tiene, lo logrado, un bagaje que le haga más inteligente y agradecido para descubrir quién es en realidad. Porque resulta penoso que toda esa labor lograda, no se vea culminada, alumbrada y explicada plenamente por algo que es anterior a él. Quizá lo que le falta al hombre de hoy, positivo, pragmático, resolutivo, de resultados…es dedicar un tiempo en transitar el camino que lo lleve a darse una “explicación de y a sí mismo”.

 

            Para ello creo que debe comenzar por aceptar de manera natural y en su verdadera dimensión la única “cosa” cierta y común que el ser humano no puede sortear, una “cosa” que evidentemente nos acaba sucediendo a todos: la muerte; pero no tratada como un abismo oscuro e incomprensible, sino como el necesario desembarco en una orilla situada enfrente de la que partió. Es en la muerte donde el ser humano despeja la última incógnita de su existencia y encuentra por fin la explicación a su verdadera dimensión.

 

            El gran problema que tiene el hombre actual para buscarse y así encontrar su perfección es ignorar la primera ecuación de la existencia: ser hijo, ser “consecuencia” de una realidad anterior. Sin este dato, imprescindible e inexcusable, la explicación a su existencia jamás podrá ser resuelta. Porque el hombre no es ni una cosa, ni un bien, sino una persona, es decir un ser relacional, alguien abierto que tiene por tanto su entidad no solo en sí mismo sino en la relación con todo y con todos.

 

            A diferencia de la perfección de las cosas, la del hombre no es excluyente, exclusiva, estática y cerrada, sino que posee una dimensión tan dinámica, abierta y trascendente que supera el aquí y el ahora y por lo tanto se escurre entre los dedos del tiempo. Se trata pues, de una perfección a la que se solo podrá aproximarse mientras su “existencia esté en camino” y que por tanto encontrará plenamente más allá de su historia. Esa es la perfección a la que debe aspirar para acabar conociéndose, encontrándose a sí mismo.

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