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Jueves, 8 febrero 2018

Repensar la vida y verdades necesarias (Por Vicente Langreo)

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BLOGS | Vicente Langreo 0 Comentarios

De los grandes  escritores siempre se aprende algo bueno. A Goethe le gustaba repetir: “Lo que heredaste de tus padres, conquístalo para poseerlo,”Es patrimonio que nos pertenece de bienes y males, y así también la historia; por eso es un imperativo el conocer lúcida y críticamente, todo cuanto se nos trasmite para ser creativos Hoy esa posesión podría ser más completa y fácil, pero hay unas renuncias de gran extensión. Se debe poseer y conocer la totalidad de la tradición española, sus raíces y todo lo acumulado, haciéndola conquista propia; pero lo normal son la ignorancia y la pereza. Hay que leer, escuchar, observar y pensar, frente al prestigio que tienen la ignorancia y banalidad, como la  mentira y las aspiraciones anacrónicas y  mal fundamentadas. Sigue estando vigente que nada español vale la pena; y como lo antiguo y extranjero también nos parece extraño, descalificamos lo que ignoramos. Las comunicaciones, los viajes y el turismo son grandes pantallas del conocimiento; pero nos quedamos sin conquistar y hacer propia nuestra gran herencia cultural e histórica. Así los nacionalismos cierran las fronteras, cuando la técnica y la globalización amplían los horizontes por todas partes. Es hora de buscar lo esencial y valioso que nos impacta.

 

Entre las exigencias laborales y las ofertas novedosas del mundo, falta tiempo para atender a la formación  religiosa dominical y escuchar el mensaje cristiano del que a esta sociedad, apenas le llegan ecos superficiales y como repeticiones anacrónicas. Para muchos, domingos y fines de semana no son espacios de descanso para glorificar a Dios escuchando su palabra, donde la Iglesia ofrece informaciones, espiritualmente vitales, frente a lo mundanal y  efímero. La revolución técnica presenta a la persona humana de nuestro tiempo de cara al futuro, silenciando el más allá de la muerte – aunque es imposible – y afirmando al hombre como diseñador del sexo, del matrimonio y de la familia, en función de los gustos y exigencias proyectadas por el hombre mismo. Es verdad que “El hombre es lo quiere ser” si cuenta con Dios; pero si  lo hace desde su autonomía y absolutismo, lleva a una equivocación y locura. La afirmación de un sujeto tecnológico, diseñado por el hombre mismo y por una naturaleza inspirada en una cultura sin Dios y sin sentido, conduce a la  violencia y autodestrucción de las personas.

 

La ciencia  y la religión  explican el origen del mundo y del hombre; unos niegan la creación, y no explican por qué existe el cosmos y no la nada; según otros hay un diseño inteligente e inacabado, donde ciencia, espiritualidad y neurociencia cooperan con la creación. En realidad se apela al cómo y al  por qué de cuanto existe. La ciencia explica el cómo reproducir los seres vivos y a respetar las normas éticas; pero el por qué se pasa de la nada al ser pide un creador Y así más que confrontación  hay campo de encuentro entre la racionalidad científica y la fe explicada desde la Teología.

 

“El misterio de la muerte es el enigma de la condición humana. El hombre sufre dolores, sabe que tiene que morir y detesta la desaparición de su personalidad. Pero tiene una semilla de eternidad, lucha contra la muerte y puede  prologar su longevidad.  Adoctrinado por la fe de la Iglesia, afirma que hemos sido creados por Dios para la vida eterna y en comunión con Él, liberados del pecado y de la muerte, llamados a la plenitud de su ser e incorporados a la vida divina, por la gran misericordia de Dios, Es victoria conseguida por Cristo resultado, liberándonos con su muerte de la nuestra. La fe así apoyada en Él, responde a la angustia  de nuestro porvenir, con la esperanza en Dios  y en la vida verdadera. Tenemos que luchar contra el mal, contra las tribulaciones y la muerte. Pero por el misterio pascual de Cristo, esperamos encontrar a nuestros seres queridos y a tantas personas de buena voluntad En Cristo resucitado y en su Evangelio se ilumina el futuro eterno de los hijos de Dios, y clamar en el Espíritu al ¡Padre!"  (Vaticano II. GS -18 -22)

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