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Martes, 13 febrero 2018

La responsabilidad, buen tabulador de la talla personal (Por Fermín Gassol Peco)

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Un síntoma que no falla para comprobar la verdadera talla humana de una persona a la que se confía una determinada responsabilidad, radica en si cambia o no la actitud de su comportamiento hacia los demás. Si la mantiene como siempre, buena señal, si se muestra altanera, no hay duda de que sufre indigestión mental. Persona y cargo, talla y responsabilidad, buen tabulador para conocer que contiene cada cual, saber la calidad personal de cada cual.

 

 

Hace años, cuando comenzaba la democracia en nuestro país, un político de la provincia comenzaba a hacer sus pinitos en este, digamos, desconcertante mundo. Un día, quien escribe, tomaba café con un amigo, momento en que el entonces candidato a la que iba a ser su bien pagada profesión, no tuvo el menor reparo en acercarse y saludarme de una manera tan desproporcionadamente efusiva que me hizo pensar por un momento cuando demonios le había salvado yo la vida. Nos conocíamos de vista simplemente pero utilizó ese pequeño trampolín para saltar a una aparente amistad inexistente. Luego consiguió salir elegido…y desde entonces ni me mira por la calle cuando nos cruzamos. Como dice un refrán castellano, “con las glorias se olvidan las memorias”. Pobres estos buscavidas de la política que hacen de ella una profesión para los restos.

 


Cuando alguien tiene una estatura personal pequeña cualquier cargo al que acceda, cualquier responsabilidad que ejerza supondrá para él una intoxicación mental inmediata. Sin embargo, cuando la persona tiene categoría y es válida, los cargos que pueda ostentar, por importantes que sean serán digeridos con naturalidad porque la persona estará por encima del cargo. La vanidad y la humildad, la incapacidad y la suficiencia, dos maneras de demostrar la hondura personal.

 


Siempre he valorado el comportamiento uniforme de las personas a través del tiempo. Aquellas que pese a ser lo que sean, hayan triunfado en la política, en los negocios o en cualquier faceta de la vida, mantienen con naturalidad el mismo estilo en su trato. Ahora vienen a la memoria amigos y compañeros que han llegado muy lejos en sus ilusiones y siguen siendo los mismos que cuando nos subíamos de chavales a los tejados. Transformar el comportamiento por mor de ser más rico o más poderoso delata una pobreza mental llena de “simplejos” que así llamo yo a los complejos de los incapaces y trincones.

 


La verdadera talla de cada uno la calibran siempre los que están enfrente y sin espejos. Hoy pertenecemos a dios gracias a una sociedad en la que todos estamos jugando sobre el mismo tapete de la vida ocupando unas casillas personales que poseen todas también las mismas dimensiones. Al fin y al cabo nosotros, somos piezas en este enorme ajedrez que es la vida en la que cada uno tiene una importante función, cualquiera que sea su puesto. Y es que, como reza un viejo proverbio italiano: “Después de la partida, el rey y el peón vuelven siempre a la misma caja”. Y nosotros, también.

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