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Viernes, 16 febrero 2018

La extraña obligación para algunos de ser ricos (Fermín Gassol Peco)

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Son muchos los ideales que mueven a las personas. Desde aquellos que entregan la vida al servicio de los demás, hasta los que la ponen al servicio exclusivo de sí mismos…y a costa de los demás. Lo normal sin embargo no es ni lo uno ni lo otro, sino que vayamos por ahí navegando, ejerciendo trabajos que repercuten y benefician a ambas partes. Trabajos que nos permiten vivir dignamente y que a la vez ayudan al desarrollo de la sociedad. 

 

Pero existen unos individuos que tienen como obsesiva meta hacerse ricos…por narices, lograr ser multimillonarios sí o sí, nadar en dinero hasta…ahogarse en él.

 

 Hacerse rico en poco tiempo es cosa difícil, muy difícil. Así lo consiguen aquellos a los que les toca la lotería en grandes cantidades, los que reciben una herencia, inesperada o no, aquellos que inventan algo y lo patentan y sobre todo aquellos que lo consiguen a base de trincar lo que no es suyo, de defraudar, de delinquir. Quienes lo consiguen a base de talento y trabajo…de muchas madrugadas dándole al coco, esos, si es que llegan a conseguirlo, lo hacen después de muchos años…y siempre siguen ahí al frente de sus responsabilidades y de las personas que han contribuido a ese enriquecimiento lícito.

 

Llaman poderosamente la atención aquellos que teniendo dinero más que suficiente para llevar una vida mucho más que acomodada, se empeñan en querer amasar más y más a costa de caminar por el peligroso filo de una navaja…que al final les acaba cortando ese dorado futuro que ansían tener. Dicen algunos sicólogos que el poder para algunas personas es algo erótico, sumamente atractivo, al que es muy difícil renunciar y que por eso lo persiguen con el mismo ahínco que lo hace un perro tras una perra en celo.

 

Contaban que un director de banco decía que lo difícil era hacerse con el primer millón, pero que después la cosa adquiría un “excremento”…y es que con el ansia y la codicia de querer tener…la verticalidad no ya moral, sino sicológica cambia de rumbo de manera pasmosa.

 

Todos conocemos a personas que nunca están conformes con lo que tienen, que se comportan como unos niños que quisieran jugar con todos los juguetes a la vez y queman permanentemente los momentos actuales con la amargura de pensar en lo que no poseen y desean a toda costa. El mayor problema, la mayor desgracia del ansioso es que nunca saborea lo que tiene entre los labios. Pero no es este el único ni el principal problema, porque si las desagradables consecuencias del avaro repercutieran solamente en él, podríamos decir que en el pecado llevaba impuesta la penitencia. Pero no, ese afán de querer más y más que mueve a estas personas incide de manera irremediable en su relación con los demás. El ansioso, en el fondo es un envidioso que vive con el permanente afán de acaparar todo lo que puede, dinero, bienes, poder. El ansia es un anhelo desmedido polarizado en enriquecerse más y más pero que nunca es compartirlo con quien más lo necesita; ¡qué pocos casos sabemos de ansiosos que tengan la vehemente preocupación de querer aumentar el bienestar de los demás! 

 

Todos hemos oído, quien sabe si sufrido alguna vez, algún caso de voraces propietarios de tierras que han ido limando las lindes por la codicia de poseer un poco más a costa claro está del que se queda con menos, dando estas historias en algunas ocasiones con la fría tierra del cementerio. Recuerdo hace años cuando ejercía como perito judicial y en ocasión de un deslinde, cómo las circunstancias me obligaron a recurrir a la guardia civil para proceder a realizarlo ante la intransigencia de un litigante que no estaba de acuerdo con el trazado que yo hacía. Cuando le pregunté el porqué de su absurdo comportamiento me espetó: es que el otro tiene más tierras y yo solamente ésta. El ansia es un coctel de envidia, celos y codicia que produce a quien lo bebe una permanente sensación de desasosiego, angustia y rencor. 

 

“Por la jodía ansia de querer quedarse con toda la herencia” dijo alguien recientemente en un juicio…El complejo mundo de las herencias, repartos, adjudicaciones…curiosas las reacciones y los disgustos que en demasiadas ocasiones se acarrean, a veces por la disputa de una silla. Conocerán aquel dicho de “qué bien se llevan los hermanos” y  alguien diciendo ¿”Han partido”? Pues eso, el ansia viva, que diría un personaje del genial paisano José Mota. 

 

No parece que merezca la pena renunciar a la paz y felicidad ignorando lo que tenemos y deseando de manera desmesurada  todo lo que tienen los demás, que como decía Schopenhauer la riqueza es como el agua salada, cuanto más se bebe más sed da, o reza el viejo refrán: “no es más rico quien más tiene, sino el que menos necesita”; que como sentenciaba también uno que sabía mucho de la vida…con dos metros cuadrados todos al final vamos a tener bastante.

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