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Sábado, 17 febrero 2018

Las migraciones, oportunidad cristiana (Por Vicente Langreo)

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BLOGS | Vicente Langreo 0 Comentarios

Después de tantos siglos de historia y de culturas tan diversas, las migraciones no son una novedad como un afán de extenderse y ocupar el mundo por la inteligencia, esencialmente diferente de animales, capaces de sobrevivir y dominar la creación, desarrollándola y humanizándose progresivamente. Hoy las migraciones son incitación inquietante, por las comunicaciones, deseos de progreso, de mejoras y de supervivencia, fuerzas que empujan a millones a salir de sus patrias en busca  del bienestar  europeo, portando sus raíces y creencias, y entrando en otras culturas; pero lo importante es que encuentren valores, principios morales y creencias religiosas, para insertarse y  superar la  hostilidad y rechazo, respetada su dignidad  de personas y apertura a ellos con  gestos de amor, compresión y respeto. Estamos en el siglo de la globalización, la pobreza puede generar odios, envidias y violencias. Europa rica y orgullosa  de su tecnología, da impresión de olvidar a Dios y de padecer cierta degradación moral en  sus estructuras  familiares, sociales y económicas. Afortunadamente el cristianismo enseña siempre  que todos estamos en  las manos de Dios. La Iglesia es la institución anunciada por Cristo, que nace en Pentecostés como obra de Espíritu Santo y con San Pablo se abrió más a los gentiles. Por su parte la Liturgia de la Iglesia celebra el Día de Reyes, la Conversión del Apóstol Pablo, venerado por todos  el 25 de Enero y con el Octavario por la  Unión de las Iglesias, recordando el ecumenismo, la unión de los cristianos, según el Vaticano  II. La desunión  cristiana  es una herida de siglos, abierta en Europa y en el mundo, donde los cristianos somos poco más de un tercio de la Humanidad. ¿Será Europa capaz de colmar las esperanzas, las aspiraciones y derechos de los que llegan a ella?

 

Valga como esperanza que “el amor de Dios nos precede y que no se aprende con normas y preceptos” Nadie nos enseña a gozar de la luz, a amar la vida, a los padres y educadores, a buscar la verdad y el bien.” Es una fuerza espiritual que nos empuja a existir como  semilla, que por si misma nace y empuja a buscar y a realizar  la verdad  y  el bien. Esta fuerza interior debe ser cultivada con los divinos preceptos, inscritos en la conciencia, resumidos en el amor a Dios y al prójimo, vividos con fidelidad a esa llamada que induce a la perfección, y atentos a la realidad del pecado, que nos separa de Dios y de los hermanos. Hay dos realidades  consoladoras: la Humanidad entera ha sido redimida por la misericordia de  Dios y que la conciencia no se extingue  mientras vive el hombre normal. Podemos pensar que los inmigrantes que llegan a Europa  atraídos o engañados por espejismos, pueden descubrir y enriquecer el cristianismo. Si hace siglos los misioneros acudieron a América, Asia, África y al mundo entero, ahora son especialmente los afroasiáticos, los amenazados por las guerras y las pobrezas, quizás puedan descubrir valores que nosotros ahora no apreciamos, enloquecidos por tantas debilidades por la exaltación del dinero y nuestra justificación de los pecados capitales.

 

El  Papa Francisco en el Mensaje de la Paz el (1 de enero 2018) ofrece cuatro palabras para la acción.: Acoger a los desplazados por las violencias, persecuciones e inseguridades, amenazados en sus derechos humanos fundamentales, con hospitalidad..  Proteger con garantías a quienes son amenazados en sus vidas y dignidad personal. Promover y apoyar su desarrollo  humano e integral, ayudándoles en su educación. La Biblia enseña que hay que amar al emigrante. Integrar es hacer que los emigrantes y los refugiados participen en la sociedad que los acoge.”Todos somos conciudadanos de los santos y familiares de Dios”(.S.Pablo. Ef.2,19)  Estas condiciones deben hacer posible a quienes  llegan a los espacios  culturales cristianos, que puedan descubrir las virtudes teologales y morales, a pesar de los pecados nuestros. Y que a la vez nosotros podamos beneficiarnos  de ellos, gracias a la caridad y la solidaridad. Todos nos santificamos orientando nuestros males  al  bien mayor, Dios.

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