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Jueves, 22 febrero 2018

Libertad de expresión (FRANCISCO PAGE)

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Recuerdo a aquel censor, José Luis Álvarez de Castro. Un señor que descargaba su depauperada ideología sobre la gente que acudía sumisa ante su menguada persona —era bajito y tenía bigote; cualquier censor que se precie debe adornarse con un bigotito fascista. A este caballero, el alcalde Pulido le puso calle sin objeción alguna de la del PSOE. Llegabas con tus papeles a su oficina, qué mala cara tenía el tipo, los recogía con desdén, torcía el gesto y los guardaba en el cajón. El cura Carlos de la Rica me contó que este caballero le comentó que de haber podido habría censurado El cantar de los cantares; eso es un censor con dos cojones. Eran otros tiempos, o no.

 

En realidad, no. Los herederos intelectuales de aquel ganado perviven, se reproducen, crecen hasta ocupar todo el espacio público. Llevan togas, tienen opulentos despachos en las ferias de muestras, se enseñorean con la sana intención de acojonar a la gente, de explicar con rotunda claridad eso de que «aquí mando yo». Y lo consiguen. Miedo me da de meterme con la Semana Santa, con la ideología corrupta de Rajoy y sus valedores (tú sabrás quiénes son), con la indigencia de los que deberían cuidar a los indigentes, con los subvencionados, los meapilas, los leguleyos,…, con el copón de la baraja. Miedo me da verme un día ante un juez(a) pepero, áspero, tosco, remilgado y que, como aquel Antonio Pérez que ocupó en tiempos la secretaría general del gobierno civil de Cuenca, me mande a un guardia de la secreta o me endilgue una multa por ejercer mi libertad de expresión, lo único que me queda.

 

Lo confieso, tengo miedo, me aterroriza volver a vivir los años del hambre intelectual, la vergüenza de estar tutelado por aquel funcionariado tan ridículo. Me horroriza la letra de la Marta Sánchez, me da escalofríos, la instrumentalización de España por gente tan corrupta. Me angustia la imagen internacional de este país —al que quiero, o quería o querré, no sé—. Pero, con el estómago encogido, digo como don Francisco de Quevedo: «No he de callar por más que con el dedo…».

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