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Miércoles, 14 marzo 2018

LA HOMILIA SEGÚN EL PAPA FRANCISCO (Vicente Langreo)

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Es  parte esencial de la liturgia de la palabra, donde se proclaman el Evangelio y otras lecturas del Nuevo Testamento, para recordar y tomar conciencia clara de sus  exigencias relacionadas con la vida cristiana. El celebrante proclama el Evangelio dirigido a los asistentes como ministro que ayuda a tomar conciencia del sentido de la verdad iluminadora orientando nuestras vidas. La homilía hace resonar la eficacia de la palabra y tomar conciencia de la presencia de Cristo, litúrgicamente con  nosotros. A la lectura  respondemos escuchando la importancia de tener conciencia de la Palabra viva

 

“La boca de Cristo es el Evangelio – dice San Agustín – Él está en el cielo, pero no cesa de hablar en la tierra. Si es verdad que en la Liturgia “Cristo anuncia  el Evangelio” debemos responder participando en la misa,  escucharlo y orientar nuestra  vida.

 

Para que nos llegue su mensaje, Cristo se sirve de la palabra del sacerdote, que después del Evangelio pronuncia la homilía recomendada por el Vaticano II, como parte de la liturgia; no es un discurso, una conferencian ni una clase. Es retomar el diálogo entre el Señor y su  pueblo para encontrar su realización en la vida. La exégesis real del Evangelio es nuestro vivir. La palabra del Señor termina su función encarnándose  en nosotros y traducida en obras, como en María y en los santos. Es como  dardo que  entra  por el oído  e impacta en el corazón. La Palabra  del  Señor hace también ese recorrido para llegar a las manos pasando por el corazón. En  “Evangelii Gaudium”-dice el Papa - el contexto litúrgico “exige que la predicación oriente a la asamblea y al predicador, a una comunión de vida  con Cristo en la Eucaristía.

 

Quien predica la homilía – sacerdote, diácono o el obispo – ofreciendo un servicio real a todos los que participan en la misa, y cuantos la escuchan, deben prestar atención  y sin pretextos, sabiendo que todo predicador tiene límites  y méritos, aunque a veces sea aburrida, no centrada o incomprensible Y quien predica la homilía debe pensar que está dando voz a la Palabra  de  Jesús, bien preparada y breve. “Pero algunos  se duermen, otros se aburren y salen a fumar”.

 

Por eso la homilía debe ser breve y estar bien preparada. Esto se logra con la oración y el estudio de la Palabra de Dios, adecuada  a las realidades  vitales del hombre en el mundo real y social en que vivimos hoy; y además debe ser y ceñida al  misterio de la Eucaristía, banquete sacrificial de acción de gracias y pan de vida, que fortalece con virtudes teologales y morales En el curso del año hay acontecimientos, misterios y motivos para alabar a Dios y pedirle ayuda en nuestras  necesidades. Es recomendable tener un esquema que se escribe y recuerda para cada oportunidad aunque no se lea, evita repeticiones sabidas o superfluas. La predicación debe salir de un corazón sensible para “Comunicar a otros lo contemplado” y con una habilidad comparable a la de los profesionales de las comunicaciones. Es oportuno recordar el refrán, el hilo (de la verdad) no se rompe por delgado sino por gordo y mal hilado” Este era el carisma y la eficacia del Cura del Cura de Ars y de tantos predicadores en la Iglesia, que anunciando la Palabra de Dios, despiertan las conciencias y  suscitan vocaciones.

 

San Juan de Avila destacaba como alegría de Evangelizadores, ser pastores con hambre de almas como tuvo el Señor. Quien de verdad conoce el valor de un alma (una persona) guarda y procura salvar la suya y la del prójimo. Comunicar  a los hombres  la verdad de Cristo y el conocimiento de salvación-  con  ejemplaridad de vida- es la mejor forma de amarlos. Afirmar ante el mundo y ante las ciencias humanas, que el Hijo de Dios se hizo hambre, que murió por nuestra salvación y resucitó, es la gran verdad que  lo cambia todo y da sentido a la vida  humana. La Liturgia  culto  Dios de la comunidad creyente, evangeliza y enrique  a los cristiano, humana, social y espiritualmente.

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