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Martes, 13 marzo 2018

Galletas de repuesto (Por Fermín Gasol)

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Hubo una época en la que me sabía de memoria las dimensiones de todos los modelos de coches; eran tiempos en que mi atracción por ellos resultaba lo bastante grande como para llegar a tener tal control sobre casi todas sus características, motor, combustible, tracción, aceleración…

 


Pero la razón de más peso estaba en que la mayoría de los automóviles resultan muy estéticos; los fabricantes pugnan por fabricar modelos que resulten atractivos a la vista del hipotético comprador o compradora. De los coches, el único problema es que son unas máquinas bastante caras y que además, nada más salir del concesionario se deprecian mucho. 

 


Quizá por eso resulte muy interesante y más ahora con la crisis estar a la caza y captura de un modelo ya usado que algún “nuevo rico de corta duración” no pueda mantener. Porque los precios de los coches son algo prohibitivo. Alguien sin embargo podrá decir; es que si los venden más baratos todo el mundo podrá comprarlos, y yo respondo: pues de eso se trata ¡no? Además que mayor cantidad de coches no creo que puedan circular ya.

 

En cada casa hay al menos dos, uno para el padre, otro para la madre y a menudo otro más para el hijo o hija que no lo necesita para nada pero lo quiere para fardar un poquito. 

 


El hecho de comprar un coche no es cuestión menor para una familia de nivel medio porque si bien no llega a tener la transcendencia económica de adquirir un piso, estas máquinas tan veloces cuestan ya muchos dineros. Todo va en función casi siempre del poder adquisitivo siempre existen descerebrados que hipotecan su casa para presumir por las calles y reuniones ante los amigos y desconocidos  de lo que no tienen. 

 


La cuestión es que al menos hasta ahora, la compra de un coche siempre estuvo revestida de gran ceremonial. La familia al completo va al concesionario porque quiere saber cómo será el nuevo y dinámico miembro de la familia.

 


 A la hora de elegirlo suelen ser tres las premisas dependiendo del grado de interés y conocimientos que tenga el comprador. Si quien lo va a adquirir no es un entusiasta del volante se dejará aconsejar por el entendido que hay en su círculo de amigos o comprará el que le diga su cuñado que siempre hay un cuñado que sabe mucho de esto sobre todo si es el hermano de la mujer. Luego viene lo del tamaño y el precio. Si al contrario el conductor es un entusiasta del volante antes comprará una de esas revistas del motor en las que viene reflejado hasta el consumo de los coches estando aparcados. 

 


Pero siempre se da el reparto de papeles. El padre suele ser el entendido en la mecánica y prestaciones del modelo deseado mientras la madre se ocupa más de la estética, de la forma y del color, aunque alguna lo primero que mira es la capacidad del maletero y el espejo de cortesía que hay en la visera. El hijo se dedica más a preguntar por las chuminadas que el cochecito lleva incluidas en el precio. Pero nadie se pregunta por la rueda de repuesto; dirán que para qué si lo normal es que la tenga en su sitio que tampoco preguntamos por el árbol de levas por ejemplo. 

 


Sin embargo, siento contradecirles y quien avisa no es traidor. Cuando vayan a comprar un coche, aconsejo pregunten lo primero por la rueda de repuesto; la razón, porque en algunos modelos son auténticas galletas.

 

Resulta inconcebible que una máquina que cuesta tanto o tantísimo dinero, que suelen llevar incorporadas todas las comodidades que existen, tengan  sin embargo una rueda de repuesto que es una auténtica castaña y con la que no puede llegar uno ni a su casa. No es para nada comprensible que las casas de coches escatimen unos euros en la calidad de la “quinta columna” de ese ejército de caballos que tienen ahora todos los coches. Es algo completamente absurdo y una auténtica tomadura de pelo. ¿O no?

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