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Jueves, 5 abril 2018

PARQUE TEMÁTICO (Por Francisco Page)

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Cuenca es ya un parque temático para solaz de propios y ajenos. Un parque dinámico que cambia de atracciones según la estación del año; en primavera los santos ocupan las calles más vistosas, se exhiben símbolos fascistas con subvención municipal bajo la protección de san Pedro apóstol y se bebe mucho, de todo, pero más ese mejunje de esencia de café y alcohol de quemar, el falso resoli.

 

[Img #271690]En verano, las dulzainas inundan la Plaza Mayor con sus animados trinos que hacen tan felices a los foráneos merced a un maravilloso salto al pasado que los colma de melancolía. Con el otoño viene la vaca, un animal totémico que llena de mierda y adrenalina las calles más nobles de la ciudad pero que enardece a la juventud, ¡copón santo y adorado! En invierno la peña se ejercita para restaurar con pequeñas variantes las añejas tradiciones mientras García Page en un ataque de imaginación colabora con la organización de una exposición sobre la Semana Santa para que se cumpla la profecía de san Zaratustra que habla del eterno retorno de lo cansino. ¡Oye, Emiliano, menos santos y más industria, cojona!

 

 

Todos los partidos, todos —el que calla otorga—, defenderán con uñas y dientes estas ancestrales costumbres de hace quince o veinte años porque los ejercitantes votan, puñetas y no está bien cabrearlos. Pero, sobre todos los defensores destaca el alcalde foráneo quien publicó un bando en donde nos recordaba la prohibición de portar armas de «cualquier tipo»; entre las armas, supongo, estarían incluidas las navajas de Albacete, los cuchillos de trinchar e incluso, quizás, las lanzas de los romanos y las escopetas de los guardias civiles que protegen a las imágenes de las hordas bárbaras. No está mal recordar lo obvio, así los propios y extraños que vinieran a vernos provistos de sables de caballería y motosierros quedaban avisados. El bando, prolijo y desestructurado, me retrotrae a la infancia cuando los cines cerraban sus puertas, las putas pasaban hambre y los bares echaban la persiana al paso del Santísimo. La proclama aún va a más cuando el prócer hace mención a la expresa prohibición de mearse en la calle, ignorando, cachis la mar salada, el efecto diurético de la espiritosa bebida que el personal acostumbra a beber algo más de lo que conviene a la decencia penitencial.

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