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Lunes, 16 abril 2018

SANGRE INDÓMITA (Por Eduardo Martínez Rico)

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BLOGS | Eduardo Martínez Rico 0 Comentarios

José María Peterson, hijo de española y de irlandés, no era un hombre normal. Había sido un playboy de joven. Ligó todo lo que pudo y más. Luego estudió Biología y se convirtió en un disciplinado científico, llegando a realizar grandes descubrimientos, con los que se ganó un sólido prestigio. Todavía era joven cuando se cansó de los laboratorios, las batas blancas y el café solo a todas horas para mantenerse despierto.

 

 

[Img #273455]Compró ropa de aventurero, aprendió a utilizar una máquina de fotos y se fue a África a fotografiar, una vez más, el continente. Luego a Australia, y luego a América. Consiguió ganarse la vida como fotógrafo y como periodista. Sus fotos dieron la vuelta al mundo. Descubrió que aquellas tierras aún tenían mucho que enseñar. Escribió un libro sobre sus viajes con el que ganó un importante premio de ensayo.
    

 

José María Peterson sabía cómo sacar partido de todos los dones con que le dotó la naturaleza, pero en cuanto veía que había conseguido los logros que se había marcado, abandonaba sus múltiples actividades. Sencillamente se aburría.
    

 

Después de sus correrías por África, Australia y América, regresó a España, con una bellísima mujer de Tanganica. No estaba casado, ¿quién le iba a casar a él?, pero actuaba como si estuvieran casados. Empezó a asistir a cocktails, a reuniones de la alta sociedad, le ofrecieron unos cuantos sillones en consejos de administración, sólo por amistad y por el poderoso carisma que emanaba. Echó tripa, se puso gafas y no se quitó la corbata ni por la mañana ni por la tarde ni por la noche.
    

 

Nunca engañó a su pareja, que sepamos, tuvo tres hijos, mulatos, y continuó escribiendo artículos, porque le entretenían, y libros, porque le llenaban de satisfacción, aunque siempre decía que era un coñazo escribirlos. En sus ratos libres seguía haciendo fotos, y no dejaba de mirar las revistas de su especialidad, la biología. Seguía siendo el Dr. Peterson.
    

 

Murió a la altura de las circunstancias, en una avioneta, sobrevolando la sabana africana, buscando buenas fotos, buscando llenar esas ansias de libertad que siempre había tenido. Fue un hombre extraordinario, aunque no famoso; el gran público no lo conoce, gracias a Dios. Que yo sepa ésta es la primera necrológica que le escriben.

 

Era mi padre, y su sangre indómita corre por mis venas.

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