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Lunes, 16 abril 2018
Cavilaciones en Ruidera

JÓVENES MANCHEGOS EMIGRANDO A VALENCIA, EN LOS AÑOS SESENTA (II) (Salvador Jiménez Ramírez)

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OPINIÓN | ELDIAdigital 0 Comentarios

Hechos un ovillo en el camión, pero alerta, enseguida perdimos de vista el entorno de la aldea, la mortecina luz de unas cuantas bombillas que alumbraban la mutación de las cosas y los montes que no habíamos mirado… Soñando dramas imaginados y dispersión de los sentimientos; ignorantes involuntariamente, en la duermevela del viaje, dimos varias sacudidas mioclónicas…

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Quiero recordar,  que llegamos a la población de Oliva cuando el sol despuntaba… Una vez junto a la casa de Paco “El Cubano”, apareció su joven esposa, preocupada, educada, con una gran carga de serenidad y humanidad y también algo perpleja al catarse con unos individuos, con no muy buena pinta y un crío desorientado y desaliñado, descargando petates de mendigos de su camión. Con gestos disimulados le dijo a su marido que entrara en la vivienda… Paco salió al rato y me dijo que pasara a su hogar con mi “equipaje”… Mientras él continuaba hablando con la esposa, en un sobrio y pulcro habitáculo, que yo columbraba de rabiojo, cabizbajo, un tanto remiso, dejé el lío de ropa en una especie de portal cubierto, donde había cajones, jaulas con conejos indianos, (que yo vi por vez primera) algo de forraje, un par de mesas, unas cuantas sillas y un retrete muy austero y aseado; para mí motivo de observación, ya que en la aldea de Ruidera las únicas letrinas eran los corrales o los ejidos… Paco me ayudó a subir el “hatillo” a una especie de camarín oscuro donde había trastos, vetustos muebles y un camastro. Mientras me aposentaba en el cuarto, apareció “tanteando el ambiente”, un hombre que me pareció anciano… Cuando “auscultó el panorama”, sin distracciones ni desvaríos, me habló con un revoltijo de frases en valenciano y castellano, muy embarullado, que yo no entendía… No obstante, mil pálpitos psíquicos me indicaban que aquella persona, con sus palabras y ademanes, transmitía responsabilidad y sinceridad.
 

 

Como muchos de aquellos recuerdos, van estando ya en el alero de mi memoria, hoy son dispersas pulsiones o “Fogonazos” de mi mente, que trato de ordenar con mucho esfuerzo, algo de gozo, en orquestas de luces y penumbras, y también con un poco de nostalgia y sufrimiento… Por lo que no estoy seguro, si aquel vejete y prudente hombre, al que llamaban “Tío Toni” o “Tío Tonet”, era padre o suegro de Paco “El Cubano”. Paco nos gestionó faena, cargando cajas de frutas en camiones de repartidores y transportistas que las porteaban a puerto y a poblaciones de la Península, pagándonos unas cien pesetas; mientras tanto, Paco o Codina localizaban a un “Cabo de Cuadrilla”, que nos contratase para cortar naranja… Aquel primer día de la llegada, “zancajeamos” por algunas calles céntricas de Oliva, huertos, naranjales…, dándonos a conocer al encargado del almacén de la carga-descarga. Lo que primero mercamos fue, unas alicatas para cortar cítricos y un poco de comida… El abastecimiento para el condumio fue simple y ligero: pan y una corta ristra de longaniza, ya que cada uno de nosotros el que más moneda llevaba en el bolsillo eran unas quince pesetas; las que no parábamos de contar y recontar… El atardecer de aquel día fue un quitahambre, con pan y naranja… Como jamás nos habíamos visto en tan edénica perspectiva, en cada uno de nosotros se juntaron y saciaron varias miserias… Allí, entre el verdor de los naranjos y sus deleitosos frutos, que destacaban como fabulosa dádiva de la vida, comiendo con ansia, velado ya el día, con un sol menudo, cayendo indefinidor, para nuestra primitiva orientación manchega, nos empancinamos hasta la vomitona de naranjas guachintonas, sanguinas o de la “sangre”, como solían denominarse en muchos lugares de La Mancha. Fue el alba de la inauguración de la saciedad de un manjar caro y escaso en nuestros lares. Al día siguiente, de buena mañana, mucho ruido de vehículos, que exigían en nosotros largos ejercicios de atención… El ritmo del habla de las gentes, en su ir y venir por calles con lustre, para nosotros era un guirigay extraño e ininteligible… Era otro el lenguaje de las gentes… Parecíamos otra variedad humana… Yo percibía un aire cálido con bálsamo de agua, que enmarcaba otra realidad… Una brisa y aroma de atmósfera de mar, que yo quería ver en mi observación de transeúnte extraño… Un mar que yo también quería mostrarle a mi madre, porque solo era real en su imaginación… (Finaliza en el siguiente capítulo)

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