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Jueves, 19 abril 2018

AVISO PARA NAVEGANTES (Por Francisco Page)

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Cuando el caballero murió, sus deudos quisieron que en la lápida quedase constancia de que había luchado en la batalla de Trafalgar (1805) en la absurda creencia de que esa luctuosa gesta lo libraría del olvido.

 

 

[Img #274060]Sobre el osario donde aún hoy se amontonan los afectados por un cólera muy malo que hubo en Cuenca, se construyó un columbario en el que, entre otros, yacía lo último de nuestro héroe. La inestabilidad del terreno —nunca se debió construir ahí— ha obligado a desocupar el «edificio» y, en consecuencia, se han retirado a una fosa común los restos que allí moraban y apenas si queda la placa oculta entre las inmensas grietas que ahora no presagian nada bueno.

 

Me aventuro al decir que el interfecto fue como tantos un marino reclutado aprisa y que, quizás, lo enrolaron en una de esas frágiles fragatas que sin saber cómo se libraron del hundimiento. Estoy seguro además de que no fue enterrado en el Cristo del Perdón —inaugurado en 1900—, sino en el cementerio viejo situado donde hoy se levanta la Universidad y trasladado allí en una caja de pino laricio.

 

Desconozco lo que fue de su vida, si tuvo hijos, si creía en Dios o blasfemaba contra la Virgen, tampoco si se hartaba de aguardiente o si tenía gonorrea pues ya se sabe que los que andan por la mar salada gustan de catar caldos sin reparar en el credo de la lumia. Tampoco me importa. Solo sé que se murió en el siglo XIX, que hace un par de años alguien sacó sus huesos del hueco roto donde se calentaban al sol y los echó al frío montón de los seres olvidados, que su lápida se oculta entre grietas pues por culpa del maldito tiempo y por la incompetencia de algún gañán hasta el muerto que busca notoriedad se vuelve en nada.

 

No te estoy contando un cuento, lo he visto con estos ojos que se ha de tragar el fuego, he tenido la lápida de piedra rojiza en mis manos y la he repasado con el dedo. Durante un breve tiempo me ha conmovido su pretensión de persistencia, su frustrado deseo de permanecer en el recuerdo de Cuenca. Después, no, porque Cuenca no existe.

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