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Domingo, 6 mayo 2018

REFLEXIÓN SOBRE NUESTRA PREDICACIÓN (Por Vicente Langreo)

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Las homilías son un servicio de la Palabra para la celebración  de la Eucaristía,  ilustrar y educar la fe de los fieles, respondiendo a la voluntad de Dios en nuestras vidas, personal, familiar y socialmente, como  llamados a la santidad y a la salvación. El mundo está lleno de ciencias y técnicas para todo. Y lo se busca en la predicación, es recordar esencialmente, lo necesario para vivir cristiana y moralmente. El predicador no debe centrarse en sí mismo para quedar bien “oyéndose como pájaro en la selva” y ante los fieles quedar acreditado, lucirse. Debe centrase  en la homilía, en las fuentes de la Palabra y explicarla, poniéndola a modo de espejo, para que cuantos la escuchen, vean su imagen ante las enseñanzas de la Iglesia, correcta, ignorada o equivocadamente.

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 Indicación para el predicador: es no centrarse en  si mismo, sino en la  homilía y sus contenidos y en la  asamblea que escucha. En todo caso para despertar y mantener la atención del auditorio. La realidad nunca se presenta totalmente, sino por partes. El público no es algo abstracto, es una asamblea de personas concretas; donde se deberá promover en él, una acción trasformadora en  escucha. “Si no me haces mejor que era para que me hablas”(San Agustín). El predicador deberá pensar que la homilía tiene una función crítica y estimulante para la comunidad a la que se dirige.

 

La estructura de la homilía está en función de los destinatarios e intenciones del predicador. Es conveniente hacer un esquema ordenado, con un cuerpo doctrinal y unas conclusiones. Primero la introducción, luego despertar el interés, captar la benevolencia y apreciar las enseñanzas de los textos bíblicos y doctrinales  de la  Iglesia. Desarrollar los textos del día según el Leccionario litúrgico, que orientan la actividad misionera de la Iglesia, con la lectura orante de la Escritura y  la alegría del Evangelio, reflejadas en  la ejemplaridad de los santos. Coordinar estas funciones con sencillez y claridad, será en cierto modo, proyectar el esquema del predicador, que ha de trasmitirlo a los oyentes. Y después formular unas breves conclusiones para la praxis cristiana.

 

La comunicación no verbal es la que se hace con los gestos, que dependen de la psicología del predicador y del momento que la motiva; hoy la expresión gestual es menos necesaria, predominando la naturalidad, frente a las formas de otros tiempos. Hoy abundan  más  las proclamas políticas o de espectáculos, que indicaciones íntimas, docentes y edificantes, para las conciencias y defensa de los grandes valores personales, religiosos y humanos. En nuestro mundo hay propagandas, apariencias, escándalos y desprecio e ignorancia  de la Ley de Dios.  Hoy quienes educan para bien o para el mal son las comunicaciones, con las apariencias y la violencia, desde una libertad sin límites

 

Quienes predican nombre de la Iglesia, necesitan profesionalidad, competencia. y conocimiento de la cultura, de esta sociedad y de la vida. No bastan teológica y las humanidades. Kart Barth  recomendaba la “Biblia  y periódico”.Las comunicaciones se multiplican y es cada vez más difícil llegar a la interioridad. Se deben cultivar las  habilidades para trasmitir la verdad, hacerlo con fidelidad, dedicación y preparación. Dios que nos ha creado y redimido, nos llama a la salvación, ofrece su gracia y los dones del Espíritu Santo; pero no hay que infravalorar las técnicas ni menospreciar el cultivo las habilidades humanas, para la misión de proclamar el Reino de Dios que llama a la  salvación. La Iglesia  vive de la Eucaristía y se alimenta de la predicación, La presencia y ejemplo de los santos en la historia ha sido y es permanente en la misión pastoral. San Juan de Ávila pedía ir templados a la predicación, el Cura de Ars voluntad y constancia. La oración y el estudio, son el clima de la vida interior.

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