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Jueves, 3 mayo 2018

LA BELLEZA DE LO PROPORCIONAL (Por Fermín Gassol)

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Cuántas veces ante cualquier obra de arte, una escultura o un edificio por ejemplo hemos comentado: lo que más me gusta de ese desnudo o de esta fachada es lo proporcionadas que tienen sus formas. La proporcionalidad es sinónimo de armonía, de sentido común estético, significa la expresión de la coherencia de medidas plasmada sobre tela, cemento, bronce, arcilla o cualquier otro material orgánico o no.

 

 

[Img #276190]Puede ser que la obra contemplada la valoremos de manera negativa al primer golpe de vista y tras ese instante encontremos en ella la virtud de la proporción valorándola de manera más positiva. 

 


La proporcionalidad no está sujeta a determinadas medidas, escalas canonizadas o gustos previos que también, pero asaz cabe para sorprender con nuevas concepciones del arte, de la ciencia, de la jurisprudencia, de la técnica, en suma de las realidades que existen y descubrimos cada día.  La  coherencia de formas en las cosas es universal, existe en el mundo del átomo y en el mundo interplanetario, la vida misma es pura proporción, la naturaleza la ha concebido así.

 


 Ahora cabe preguntarse por la proporcionalidad que armoniza nuestro mundo, no  el cósmico sino el personal; y al hacerlo no me quiero referir a la armonía o belleza física, corporal que esa nos viene dada por herencia sin más. La cuestión a plantear es la adecuación, la  coherencia existente entre la altura y anchura de nuestra personalidad, de la belleza de nuestro mundo interior  en la relación con los demás. Cuando nos referimos a una persona y la definimos como consecuente  estamos diciendo que cerca o lejos de comulgar con ella, encontramos en su comportamiento una característica existencial armónica, proporcionada y coherente  entre lo que da y lo que pide, entre lo que piensa y lo que obra. La belleza personal consiste en la pureza de las formas, la belleza de los actos, la profundidad de la intención y la altura de miras. 

 


El hombre es el único ser de la naturaleza que puede crear la desproporción en aquello que “toca”. La incoherencia entre sus principios y  sus actos, la doble vara de medir para pedir, para exigir y para dar o contribuir. Lo que hace fea a una persona es la desproporción entre las distintas intensidades puestas al servicio del “yo” y las puestas al servicio del “tú”, “nosotros” y no digamos ya del “vosotros o del ellos”. La talla, la importancia, la calidad, la grandeza, la armonía y belleza de todo lo que existe en el  mundo animado e inanimado, la proporcionalidad en la vida tiene un nombre, la verdad.

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